Narra Lorenzo La paz que habíamos construido en Maine se desvaneció en el momento exacto en que vi el coche de Ignacio subir por el camino de grava, a una hora en la que solo las sombras y el viento salino deberían ser nuestros visitantes. No hubo necesidad de que bajara del vehículo para que yo sintiera ese frío familiar recorriéndome la nuca, un presentimiento oscuro que me devolvía de golpe a las calles de Milán. Me encontraba en la terraza, terminando de limpiar los restos de la hoguera de la tarde, pero al ver el rostro de mi lugarteniente a través del parabrisas, supe que el bloque de madurez y calma que habiamos disfrutado no era mas que el ojo de un huracán que finalmente habia decidido reclamarnos. Ignacio bajó del coche con un sobre de papel madera apretado contra el pecho, mov

