Lorenzo Volpe
El trayecto en el ascensor privado hacia el penthouse fue un ejercicio de contención absoluta.
El espacio era reducido, impregnado del aroma a pólvora que aún se aferraba a mi ropa y del perfume dulce, ahora mezclado con tierra y sudor, que emanaba de Grecia.
La miré de reojo se veía pequeña, vulnerable y profundamente confundida, abrazándose a sí misma como si intentara evitar que su mundo terminara de desmoronarse.
El silencio era denso interrumpido solo por el suave zumbido de la maquinaria ascendiendo cuando las puertas se abrieron, el lujo minimalista de mi refugio personal nos recibió con sus luces cálidas y suelos de mármol pulido.
Apenas pusimos un pie fuera, los niños, que habían sido trasladados minutos antes, corrieron hacia mí con la fuerza de dos pequeños torbellinos pero para mi sorpresa, antes de llegar a mis brazos, se desviaron y se lanzaron sobre Grecia ella a pesar de su propio agotamiento, se arrodilló para recibirlos, envolviéndolos en un abrazo protector que parecía ser lo único que mantenía a Matteo y Alessia en calma.
— Matteo, lleva a Grecia a la habitación de invitados de la planta alta —Le pedí a mi hijo, intentando suavizar mi voz— Necesita descansar, y ustedes también. Mañana será un día más tranquilo.—
Los niños asintieron con solemnidad, como si comprendieran la gravedad de la situación, y tomaron a Grecia de las manos para guiarla por el pasillo.
La vi alejarse, mirando hacia atrás una última vez con esos ojos que todavía buscaban respuestas que yo no estaba listo para dar.
Una vez que desaparecieron de mi vista, caminé hacia mi oficina, sintiendo que el peso de mis responsabilidades me aplastaba los hombros.
No pasaron ni cinco minutos cuando llamaron a la puerta era Mauro entró con paso firme y colocó una carpeta de cuero n***o y una tablet frente a mí, Su rostro estaba serio, desprovisto de cualquier emoción, la máscara perfecta de un soldado.
— Ya hemos procesado todo, Lorenzo —Dijo Mauro, activando la tablet para mostrarme las grabaciones de seguridad de la mansión— Tienes que ver esto.—
Observé la pantalla eran las grabaciones del jardín trasero y de la planta baja vi a Grecia, en medio del caos, con una determinación que no encajaba con su apariencia delicada la vi cargar a Alessia y tomar a Matteo de la mano con una fuerza feroz, moviéndose con una agilidad instintiva hacia la salida de servicio justo antes de que los sicarios irrumpieran en el salón principal.
señalo los registros térmicos del bosque— Pasaron horas sentados detrás de aquel roble, ella los mantuvo callados, los mantuvo calientes con su propio cuerpo, si ella hubiera sido la responsable o si hubiera estado con los atacantes, tuvo tiempo de sobra para entregarlos, para llevárselos o para dañarlos pero se quedó ahí, arriesgando su cuello para que no los encontraran— un nudo se formó en mi garganta.
Algo que no sentía desde hacía años supe en ese momento, con una certeza absoluta, que Grecia era de confianza, ella no era una espía era una víctima que se había convertido en el escudo de mis hijos.
— Encontramos su teléfono en la hojarasca, donde dijo que se le cayó —Añadió Mauro, bajando la voz— Lo analizamos tenía instalada una aplicación de la agencia de niñeras que había sido infectada con un virus con eso la estaban rastreando, ella jamás lo supo seguramente, sabían su ubicación exacta en cada segundo.—
— ¡Maldita sea! —Rugí, golpeando la mesa.
La furia regresó, pero esta vez dirigida hacia la sombra que nos acechaba—. ¿Cómo supieron que ella estaría en mi casa hoy? Se pidió la niñera anoche demasiado tarde—
— Alguien dentro de la agencia vendió la información, o alguien en nuestro círculo sabía que pediríamos una niñera nueva tras el incidente de la semana pasada —Mauro me miró fijamente—. Quien quiera que haya orquestado esto, sabía que ella estaría allí la usaron como un faro sin que ella lo supiera.—
— Quiero que investigues a cada persona dentro de esa agencia cada empleado, cada movimiento bancario, cada llamada, si alguien recibió un solo centavo por entregar a mis hijos, quiero su cabeza en una bandeja —Le ordené, sintiendo cómo mi pulso se aceleraba— Y revisa de nuevo a Grecia. Quiero estar mil por ciento seguro.—
— Ya lo hice, Lorenzo. Está limpia. Es solo una mujer que intentaba pagar sus cuentas no tiene familia vinculada, no tiene deudas sospechosas. Es solo... una civil que terminó en el fuego cruzado.
— Bien. A partir de ahora, ella no vuelve a pisar la calle sola. Trabajará exclusivamente para mí. Será la niñera oficial y vivirá bajo este techo. Es el único lugar donde puedo garantizar que ese rastreador no volverá a activarse —Dije, dando por finalizada la conversación.
Mauro asintió y se retiró en silencio.
Me quedé solo en la penumbra de mi oficina, mirando la ciudad a través del cristal blindado.
Me levanté y caminé hacia la habitación de mis hijos. La puerta estaba entreabierta y una luz tenue se filtraba desde el interior. Me quedé apoyado en el marco, observando la escena.
Grecia ya se había duchado. Vestía una pijama de seda blanca, larga y elegante, que seguramente alguna de las empleadas del penthouse le había proporcionado.
El tejido se amoldaba a sus curvas, brillando bajo la luz suave. Estaba arropando a Matteo, quien ya se veía tranquilo, casi como si para él la balacera hubiera sido solo un mal sueño que ya estaba olvidando gracias a la presencia de esa mujer.
Ella besó la frente de mis dos hijos con una ternura que me apretó el corazón. Al darse la vuelta para salir, se encontró conmigo. Sus ojos se abrieron con sorpresa, pero no retrocedió. La tomé suavemente del brazo y la guié hacia mi habitación, lejos de los oídos de los niños.
— Lorenzo, por favor... —Empezó ella, con voz trémula— No puedo quedarme aquí. Tengo un trabajo, tengo una vida, tengo clases en la universidad... no puedes simplemente decidir por mí.—
— Grecia, si quieres estar viva, vas a permanecer junto a mí —Le dije, cerrando la puerta tras nosotros y acortando la distancia— Tu vida, tal como la conocías, terminó en el momento en que esos hombres entraron en mi casa, te están rastreando a través de tu vida digital wi sales por esa puerta, te encontrarán antes de que llegues a la esquina, para ellos seguro serás un cabo suelto
— ¿Quién eres realmente? —Preguntó, con las lágrimas asomando de nuevo— ¿Por qué alguien querría matarte a ti y a tus hijos?—
Me quedé mirándola, debatiéndome entre la mentira y la cruda realidad.
— Trabajo para una organización muy poderosa, una que no acepta la competencia —Respondí con voz ronca— Y las personas que fueron a mi casa hoy... no iban por dinero. Iban a matar a mis hijos para destruirme a mí. Iban a eliminar cualquier rastro de los Volpe.—
Ella se llevó las manos a la boca, horrorizada, retrocediendo hasta chocar con el borde de mi cama. El silencio que siguió fue pesado me acerqué a ella, viendo cómo su pecho subía y bajaba con agitación bajo la seda blanca.
— Escucha... quiero pedirte disculpas —Dije, y las palabras se sintieron extrañas en mi lengua—. Por mi actitud de temprano por haber dudado de ti y por haberte lastimado el brazo estaba... fuera de mí.—
Grecia suspiró, dejando que la tensión abandonara sus hombros por un instante. Asintió levemente, aceptando mis disculpas sin decir nada, pero sus ojos seguían fijos en los míos, cargados de una mezcla de miedo y esa extraña atracción que nos había unido la noche anterior.
No pude aguantarme más la cercanía, el aroma de su piel limpia y la adrenalina residual del día se combinaron en un cóctel explosivo.
Me acerqué y la besé fue un beso cargado de urgencia, de una necesidad posesiva que me quemaba las entrañas ella lo permitió, soltando un pequeño gemido que fue música para mis oídos, y eso fue todo lo que necesité para perder el control.
Intensifiqué el beso, mis manos recorriendo su espalda, sintiendo la suavidad de la seda y la firmeza de su piel debajo.
Le quité la pijama de forma desesperada, mis dedos torpes por la urgencia no sabía por qué esta mujer me encendía de una manera que ninguna otra lo había hecho, era como si su inocencia fuera el combustible perfecto para mi oscuridad.
La dejé caer sobre las sábanas de seda de mi cama, su piel blanca contrastando violentamente con la oscuridad del entorno.
Me deshice de mi ropa con rapidez y me posicioné sobre ella, ma penetré de forma brusca, posesiva, marcando mi territorio desde la primera estocada.
Ella arqueó la espalda, enterrando sus uñas en mis hombros, y yo me perdí en el azul de sus ojos, que ahora estaban empañados por el placer.
— Se mia, Grecia... solo mia —Le susurré al oído, mi voz rota por el esfuerzo— Ti protegerò da tutto, ma non chiedermi de lasciarti andare.
Me moví dentro de ella con un ritmo salvaje, escuchando cómo sus gemidos llenaban la habitación, mezclándose con el sonido de nuestros cuerpos chocando.
Cada embestida era una promesa silenciosa, un juramento de que no permitiría que nadie le pusiera una mano encima la poseía con una intensidad que bordeaba la locura, sintiendo cómo ella se amoldaba a mí, respondiendo a cada uno de mis movimientos con una entrega que me dejaba sin aliento.
Al final, cuando el placer estalló entre nosotros dejándonos exhaustos y sudorosos, me quedé sobre ella, respirando con dificultad contra su cuello sabía que la situación era un desastre
— Duerme —Le dije, besando su hombro mientras la rodeaba con mis brazos—. Mañana el mundo seguirá siendo peligroso pero aquí, conmigo, nadie podrá tocarte.—
Me quedé despierto mucho tiempo después de que ella se durmiera, vigilando su respiración.