CAPITULO III - 4

4549 Palabras
                           Cuando una voz gruesa e inicua me dice: “¡Yo no soy tu madre!” mientras me soltaba el brazo a un lado una mulata desdentada de rostro sudado y aceitoso. Corrí sin parar a rumbo incierto, aturdido por la risa y burla de todos— incluyendo al señor  que  agarrándose la barriga de tantas carcajadas, cayó de espaldas en la fortificación de arena—. Esa penumbra y desespero dentro del marasmo en el que estaba, me comenzó  a despertar y  concientizar la realidad de estar  babeado con mi cara pegada al caucho de la balsa y el sol  acariciando las partes expuestas a través del nylon que en  el extremo que correspondía aguantar a Papa Bosa  estaba en el agua, y este roncando.                            Esta peligrosa noche nos había quitado ya el débil y temeroso animo que teníamos. Con caras de pocos amigos, comenzamos a prepararnos para la misma rutina de avanzar. Fuimos a desayunar panes con queso y nos percatamos de dos cosas, una que el remo de Tinguilillo se lo llevo la tormenta, —Donato dando tumbos logro desamarrar del escálamo hecho de soga al remo de Daniela y amarrárselo al desvalido de  Joel—. Y la segunda, que los panes de jamón y queso tenían  esas manchas blancas y verdes de los mohos. El gordo le quito lo de adentro y lo repartió con unas galletas de sal, — esas que son redondas, algo duras con siete puntos en su relieve—, las saco de una lata que había comprado en una Diplotiendas, en dólares por supuesto. Comimos cinco de ellas con  el relleno de los panes  y los buches de agua. Ya el de Daniela y mío se había acabado y bebíamos del garrafón que pasaba Ricardo, Papa Bosa.                           Pasamos el día bajo merced de la bipolaridad climática en este caribe. Estábamos en el solsticio   donde el sol y el calor nos estaban   soflamando como granos de café en la tostadora. Me alegraba que Daniela descansara,  estaba ojerosa  desaliñada con la piel irritada. En realidad todos andábamos en las mismas, unos más que otros. Por ejemplo  a mí, ya me  había explotado la ampolla en el labio inferior y por mucho que me tapara  la cara, el viento  con salitre, más el sudor, me hacía ver las estrellas del dolor y ardor. Sumado a esto mi mano derecha  se estaba marcando  con el remo que había perdido todo el trabajo hecho  para acomodar el  agarre. Tome   como guante, uno de los pulóver que me había puesto en la noche para el frio.                       Estuvimos dos horas recuperando el rumbo que habíamos perdido cuando quedamos a la deriva por el mal tiempo.  Por suerte la tarde y la noche fueron tranquilas como la primera que pasamos. Avanzamos no con la fuerza y velocidad  de antes pero ahí íbamos.  Entre arroz y otras latas de atún y sardinas  que saco Ricardo, más galletas, caramelos, y unas barras de dulce de guayaba que saco por ahí encaletadas— que con las galletas de sal  me supieron a gloria— fueron nuestro alimento por todo  este tiempo.                    Justo al medio día, cuando se cumplía nuestra tercera jornada en el mar.  “La Bala” intento confirmar algo aterrador con el gordo, y era que las brújulas comenzaron a dar vueltas, en el sentido de las manecillas del reloj muy lentas pero no quedaban señalando nada. Menoscabo la preocupación el ya estar conscientes los muchachos de que esto podría pasar— debido a cuentos de oído a oído, de personas que ya habían pasado por esto mientras cruzaban este estrecho de la florida—. Mantuvimos la  poca calma  y remamos  suponiendo el rumbo, ayudándonos un avión  comercial que pasaba muy alto rumbo norte y por la estera de nubes que dejaba debido a la ruptura de  la barrera del sonido,  fuimos a esa dirección hasta que pudimos.                        Pasamos este día sin hablar palabra alguna, solo remar con una carga de frustración que nos mancillaba a todos. Transidos y agotados, solo pendientes de que las brújulas volvieran a la cordura, o si seguían desmesurada en sus agujas. Donato en la noche de este tercer día, se puso a llorar y a pedirnos perdón por habernos dejado venir a esta muerte segura, según él.  Daniela se apagaba cada vez más y solo estaba en su posición fetal  en el centro de la balsa, a veces dormida, otras con la mirada fija  más allá de ese caucho lleno de aire.                           Mi mano derecha ya sangraba, ni siquiera el pulóver enroscado en ella evitaba la incomodidad y el dolor.  Solo el roce con la ropa que llevaba puesta me hacía doler la piel, que me ardía como si hirviese. El labio inferior no me dejaba ni decir una palabra del  suplicio que sentía en él. Los músculos se me acalambraban, sobre todo los  de la espalda —como  escapula y el dorsal ancho—. Hubo un momento en que  dejamos de remar, pero sin tener que esperar comúnmente a las cuatro de la mañana para descansar hasta el amanecer. Ya en la madrugada —rumbo al cuarto día  en el mar— a las dos, decidimos no remar más  para tumbarnos y descansar. Antes di unas pastillas de Ergotamina —que había entre los medicamentos que trajo Daniela, para el dolor de cabeza— que a Donato y al Jabao le estaba destruyendo.                        En pleno crepúsculo, sentí una algarabía de voces muy confusas y esto me asusto despertándome sobresaltado tratando de ubicarme a lo que sucedía. Apenas pude abrir los ojos me ardían como si tuviese puesto unos lentes de limones. No resulto muy fácil incorporarme por el dolor corporal tan salvaje que sentía. Mire a Daniela que también levantaba la cabeza con mucho esfuerzo apartando el cabello desgreñado y tieso de su cara.                     “¡Mira es un barco Singao!”, “¡Es un barco…!”  “¡Levántense todos repinga, un barco!”, “¡Gritemos con todo lo que nos quede…”! distinguí la voz alterada de La Bala, que con el poco equilibrio que le quedaba, libero su remo y comenzó a moverlo de un lado a otro como un abanderado de juegos olímpicos. En un principio la voz no se nos proyectaba pero fuimos agarrando ánimo y entusiasmo, en unos instantes estábamos todos en un deixis visual, parados y agitando pulóver, camisas, — hasta Tinguilillo con un short de jean gastado—, en fin, todo lo que al agitarlo llamara la atención en este desolado mundo líquido.                       Un barco mercante  con la poca obra viva o carena  que se veía de color  vino tinto, una línea de flotación blanca que dividía la obra muerta o costado pintada de n***o. El  amura picaba agua en dos abriéndose camino firme y sin desvió, — sobresalían las cabezas de dos cabrestantes  amarillos en la proa, tenía un mástil de carga delante próximo a estos—, un radal encima del puente de mando que no paraba de dar vueltas, detrás de estos la gruesa  chimenea  roja con  líneas negras.                         Pasaría a una cuadra más o menos por el frente de nuestra popa, — iba rumbo al este, quizás al golfo de México, quizás a Panamá o algún puerto centroamericano—, desconocíamos su bandera aunque “Papa Bosa” juraba que era español porque su abuelo siempre tuvo una bandera española en la casa y ese color amarillo con rojo era inequívoco, —además de que no todos los países tenían esos tonos en su estandarte—. Por allá salió  Tinguilillo  afirmando  de que si se trataba de un barco español porque  era la bandera del general Resoplez en los muñequitos de “El Pidio Valdez”— Un dibujo animado de  aquel mambí cubano que luchaba por la independencia, y era el odio visceral del máximo líder español en la mayor de las Antillas(Resoplez).                  La garganta nos dolía de gritarles y no se veía nadie en cubierta, ya comenzaba a notar la marejada creada por su paso. Creíamos que no nos hacíamos notar y eso nos llevó a aumentar la dosis gritando desde “Ayúdennos”, hasta “Hijos de puta, desalmados”. De pronto opaco nuestros alaridos, un p**o retumbante y largo seguido de uno cortó, transcurrió medio minuto y volvió hacer lo mismo. Comprendimos que significaba algo, aunque lo que denotara era cualquier cosa menos detenerse.                   Nos sentamos en nuestros respectivos puestos a observar cómo se iban alejando, lanzándoles un sinnúmero de improperios y maldiciones.  El Jabao seguía de pie deseándoles un hundimiento peor que el del titanic — Pero con la cantidad de botes naranjas que había detrás de la chimenea no creía que les pasara algo en caso de un naufragio—. Quedamos mudos, con el desencanto pateándonos las caras. Tenía hambre, saque la lata de leche condensada que traía Daniela en el morral y las galletas de soda que  repartí a todos. Luego de abrirle un orificio a la leche embarramos las galletas y comimos. Las brújulas ya estaban sobrias y marcaban un Norte perfecto, pero nosotros estábamos muy desviados de él.                   Todo cambio de una vez cuando a lo lejos notamos algo que no distinguíamos bien de que se trataba. Nos levantamos nuevamente como pudimos y mirábamos usando nuestras manos de viseras para taparnos del sol.  Donato dijo que era otro barco,    Tinguilillo que se veía la parte superior de un submarino, el Jabao no dio opinión alguna y solo observaba al igual que yo, Papa Bosa ni siquiera se levantó. Daniela fue la que grito: “¡Es una lancha coño!... ¡y viene hacia nosotros!”... “¡Es una lancha!”, “¡Miren lo rápido que se acerca!”. De una vez Ricardo— tosiendo atragantado por la galleta— se levantó y comenzamos todos a gritar eufóricos nuevamente. Agarramos los remos y nos pusimos  a dar golpes en el agua levantando espuma  y movimiento inusuales para la vista en el mar y así  llamar la atención.                 No cabía la menor duda, era una lancha militar y venia directa a nosotros, pero aun con esa certeza no dejamos de llamarles la atención.  Papa Bosa  grito: “¡Son Yumas…Son Yumas cojone!”  —Con la misma resbalo y cayó al agua igual que cuando partíamos de la costa. Nuevamente como pudo se fue agarrando de las sogas trenzadas en la balsa y pasando mil trabajos, logro subir—. En efecto era una lancha no muy  grande  pero abría  trillo en el mar dividiendo ampliamente el agua.  Aproximada ya,  disminuyo la velocidad y cuando vimos que decía a un costado de su color gris y una franja naranja en el borde, US  COAST GUARD, más la bandera Norteamericana  ondeando, todos comenzamos abrazarnos con el de al lado  y llorar, Donato se pasó a donde estábamos Daniela y yo abrazados y se  quedó  así con nosotros. El  16 de agosto éramos rescatados.                    Este momento  es algo muy difícil de describir, la profundidad de ese sentimiento de haber logrado sobrevivir y alcanzar  un objetivo donde iba involucrada la vida, los sentimientos aflorados  nos  hacían  vivir una euforia de alegría, tristezas, felicidad, desconsuelo.  Los tres temblábamos  en un llanto sin consuelo.                         Cinco hombres con  sus uniformes azul  rey  y chalecos  salvavidas naranjas. Nos ayudaron a subir uno por uno, con mucho cuidado y amabilidad. Uno solo de ellos hablaba español indicándonos que permaneciéramos en popa y allí nos acomodaron con  las pertenencias que escogimos subir.  “Papa Bosa” llevaba en un bolso verde sus documentos y los del “Jabao”, “Tinguilillo”  “la Bala”. En nuestra mochila llevaba los de Donato, Daniela y míos. Nos dieron una cobija a cada uno y nos sentamos mientras un chico  con guantes revisaba  las quemaduras. No hablaba español pero  el que si lo hacía, se incorporó al grupo mientras repartía un pomo plástico con agua a cada uno. Nos informó que seriamos llevados  a otro barco madre donde había más balseros. Sentimos unos disparos —que hizo  algunos diéramos un brinco del susto—nuestras balsas desinflándose  y las maderas destruidas.                    Ricardo tenía consigo el revolver ingles Ricochet 45 de su abuelo en el bolso verde, — aterrado de que lo viesen con un arma de fuego — se quitó la camiseta que tenía puesta, uso la cobija para que no vieran, y le dio varias vueltas a la camiseta y le hizo algunos nudos. En la veloz marcha que llevaba esta lancha, lo lanzo con todas sus fuerzas al mar, no sin antes darle una veloz despedida y pedirle perdón a su abuelo.                       Llegamos al barco madre y esto estaba atestado de cubanos, cuando subimos por una tambaleante y empinada escalerilla, todos en él, comenzaron aplaudirnos como bienvenida. Permanecimos siempre juntos Donato, Ricardo, Daniela y yo, los demás consiguieron  amigos y hasta parientes en el tumulto y se fueron separando aunque a cada ratico venían a j***r un poco. Permanecimos cinco días en el barco, comiendo mejor, bebiendo hasta café y  refrescos de lata. Podría decirse que era tan grande nuestra miseria y era tanta la degradación de la autoestima por un sistema como aquel en la isla, que sentíamos pena tener que botar las latas de coca cola tan nueva y linda, aun vacía acabada de usar.                    Se comentaba que están trasladando a todo el mundo a la base naval de Guantánamo, al sur de esta provincia oriental de Cuba y territorio norteamericano desde 1898 cuando Estados Unidos derroco al gobierno español imperante en la isla. Desde 1903 le compraron oficialmente  el terreno al presidente Estrada Palma.  El 21 de agosto estábamos llegando a  tal  base militar mediante la operación  “Able Vigil” (vigilia capaz). Allí existían más de diez mil refugiados haitianos  —que salían de su país en buques rumbo al norte huyendo de algo similar al nuestro—. Los  tenían ubicados en la pista del antiguo aeropuerto McCALLA  en el lado Este de la bahía, separado de los cubanos. El lugar estaba diseñado para albergar— entre militares y sus familiares— a  5000 personas,  nosotros éramos más de 32 000 y los Haitianos más de 10 000, en total habíamos aproximadamente 50 000. Algunos cubanos fueron llevados en avión a una base en Panamá.                      Era todo un campo árido, con un sol y calor infernal. Muchas carpas militares de lonas verde olivo — en cada una de estas había alrededor de veinticinco personas— rodeado por rollos de alambre de púas o serpentinas, con guardias militares caminando patrullándolo todo .Dormíamos en unos catres de aluminios del mismo color de las carpas, algo incomodas, pero sin duda mejor que las balsas. Los refugios  portaban un nombre según el alfabeto  naval  como Lima, Oscar, Julieta — en este último nos tocó a nosotros— las letrinas se encontraban pegadas al mar, siendo grupos de veinte por cada mil personas. El agua para el aseo era muy escasa, Daniela y yo llenábamos un pote plástico que nos regalaron, en unas llaves de agua por la que salía un hilito  y con eso nos dábamos un baño corto  o lavábamos la poca ropa que teníamos.                     La comida se importaba, y eran unos paquetes de esos mismos que les daban a los soldados o algunas que donaba la cruz roja para casos  de desastre. Los recursos en realidad se traían por avión y el aeropuerto actual, —que estaba operativo—, quedaba al lado Oeste de la base militar. Estos campamentos se ubicaban en el Este, se tenía que trasladar por tierra o lanchas todas las ayuda, lo que esa tardanza limitaba más la calidad de vida en el lugar, que llegaba a ser precarias.                  Los haitianos transidos, con el ánimo vahído y ante la sensación de un futuro incierto, comenzaron fuertes protestas, que de inmediato fueron reprimidas. En noviembre de 1994  debido a la invasión de Estados Unidos  en Haití y restableciendo  en el poder al presidente Arístides. Trasladaron a los haitianos  de vuelta a este país, no sin antes muchos de ellos oponer resistencia. No solo los caribeños de habla francesa estaban en esa situación de ánimo. Muchísimos cubanos entre el sol, calor, poca agua, una comida que ya cansaba, —además de la muy poca esperanza ante el paso de los meses, de salir de este lugar—. Estaban con el ánimo desmedrado, y una depresión multitudinaria, de haber arriesgado la vida para llegar a esto, no era justo. Muchos decidieron cruzar por los campos minados— existían dos rejas de 17 millas que separaban  la base del territorio insular. En medio de esto, todo lleno de minas puestas por ambos países— y así retornar a Cuba. En esa faena algunos perdieron la vida otros fueron rescatados sin miembros inferiores. Era escalofriante escuchar a cada rato la detonación de  una de esas minas. Otros, se lanzaron al mar repleto de tiburones, buscando llegar a las playas de territorio cubano. Algunos, pidieron formalmente la repatriación acogiéndose a la promesa de  Estados Unidos sobre  el que se regresará voluntariamente, podría  solicitar  el ingreso legal a territorio Norteamericano en las oficinas de la sección de intereses en la Habana, promesas que en realidad en muchos casos se cumpliría.                 Daniela y yo, nos mantuvimos firmes, yo no podía regresar a Cuba porque me estaba esperando la venganza de mi padre y luego el reclutamiento militar. No la estábamos pasando bien aquí en donde estábamos pero habría que esperar hasta la última consecuencia. Dani no había una noche en que no llorara desesperada. Ricardo, Donato y yo le hablábamos de que esperáramos, alguna solución habría de pasar.                 Entre tanto pasaba el tiempo, en el lugar había un diamante de béisbol. Ubicado cerca de la pista donde se acamparon los haitianos. Se jugó un día un partido de béisbol entre cubanos y marines, iba empatado a dos carreras  y en el final del noveno inning ganan los marines por un jonrón. Algunas personas malas cabezas comenzaron a lanzarle piedras a los militares victoriosos y hubo una reacción de las autoridades que los llevo a dar varios bastonazos y hacer detenciones.                    Aquí había de todo, y era una de las cosas más desesperante. Lo mismo habían ex presidiarios, que gente chusma y maleantes, por eso los cuatros permanecíamos siempre juntos. Quedamos boquiabiertos cuando escuchamos decir que Tinguilillo  cruzo los campos minados y no se sabe de él, según le comento un primo segundo de este a Papa Bosa, que su pariente había tomado esta decisión por una negra que tenía allá y le dijeron aquí que lo estaba tarreando. Sentimos mucha pena por él, que haya arriesgado tanto para nada.                       El agua potable llegaba por una desalinizadora, y no sé si eran ideas mías, pero no la soportaba, cuando se terminaba de tomar el trago se sentía un toque de salitre y hasta nauseas me daba. Debido a esto quizás me enferme del estómago y tuve que ir a que me vieran médicos, balseros mismos que habían habilitado con equipos para atender a sus propios paisanos refugiados, con prioridad para las embarazadas —que habían varias — niños y ancianos, diabéticos, hipertensos. Sobre estas prioridades, se hizo un comunicado  que nos llenó de esperanza a todos, cuando  en octubre de  este 1994 el departamento de estado  anunció el traslado a Estados Unidos de todos estos priorizados, además de los que estuviesen enfermos. También en los refugios de una serie de medidas como agua fija para todos los campamentos, dejar el piso de tierra por pisos de maderas, limpiar las letrinas a diario, aumentar el suministro de leche y la preparación allí de comidas calientes.  Además de mandatos  para la comunicación e información. Con respecto a esto último,  a cada rato se aparecían periodistas  de CNN ,  también mexicanos    y españoles, pero las multitudes para hablar con ellos era ya una componenda. Cuando entrevistaban a algunos  se escuchaban gritos de  “¡Abajo Fidel!”, otros incluían  en esta colemia a  Bill Clinton                       Daniela pidió papel y un bolígrafo y le hizo una carta a nuestros padres explicándole casi todo, pero sobre todo tranquilizándolos de que estábamos bien. Muchas veces intento llegar algún periodista o incluso camarógrafo pero la multitud no nos dejaba ni aproximarnos. Era deprimente estar conscientes de que nuestros familiares no sabían nada de nosotros,  solo nos tranquilizaba que seguramente Radio Martí leyó nuestros nombres— como lo estaba haciendo para informar de los que lograban ser rescatados en alta  mar—. Un día Papa Bosa  y Donato nos avisaron de unos reporteros españoles, juntamos las cartas de ellos con las nuestras y fuimos al tumulto, haciendo una pared entre los tres para que Daniela lograra llegar al periodista y su camarógrafo.  El primero, un chico flaco, calvo pero joven, le grito a Dani, entre  el bullicio,  si estaban anotados los teléfonos,  y con la misma guardándoselas en su chaleco  con el logo de la televisora que representaba.               Festejamos esto, había sido un gran logro  que  ya nuestra sufrida gente supiera  de nosotros. Esa tarde llegaron suministros enviados desde la comunidad cubano americana  de la florida. Hicieron un congris para cenar con mucha carne de cochino dentro, aguacates, tomates  y  refresco  con hielo. También hubo en la noche un mal tiempo con unos truenos  que iluminaban  todo el cielo  y un retumbe infernal, acompañado  de un constante cierzo invernal. Cerraron el campamento y dormimos con tremendo frio, pero sabroso.                Por esos días  vinieron varios artistas a cantar y apoyarnos, entre ellos Willy Chirinos  al que vimos muy de lejos y con el que lloramos cuando canto la canción “Ya viene llegando”.                                  “Apenas siendo un niño allá en la Antillas, mi padre me vistió de marinero                   Tuve que navegar noventa millas, y comenzar mi vida de extranjero                   Huyéndole a la oz y al verde olivo, corriendo de esa absurda ideología                   Pues nunca quise ser aperitivo, del odio del rencor y la apatía.”                                        Y  si nuestro, día ya venía llegando, no así para los  de la isla que aun hoy  en día, con algunos disfraces y maquillajes, siguen los mismos personajes  o  súbditos llevados al poder, dirigiendo una sinfonía de necesidades  y problemas para la población.  En  mayo de 1995 tras unos acuerdos con la isla, la fiscal general  Janet Reno, acordó trasladar a todos los cubanos de la base naval a territorio norteamericano, excepto todo aquel que tuviese antecedentes penales. En julio de ese año nos fuimos Daniela y yo, Papa Bosa  y Donato tuvieron que esperan unos meses más.  Nos ubicaron en  Fort Lauderdale a unas tres horas de Miami,  en casa de una familia cubana ya establecida  allá desde el éxodo del Mariel en octubre de 1980. Allí estuvimos con muy amables personas hasta que   nos llegaron los papeles del permiso de trabajo —comenzamos como empacadores en un supermercado muy famoso allí— en el primer sueldo que tuvimos, llamamos media hora a nuestras familias.                   Muchos sentimientos encontrados, llore muchísimo con mi mamá y ella conmigo. Desde el segundo día sabía lo que habíamos hecho porque el viejo Lemus le llevo mi carta, desde entonces no pudo pegar más los ojos, entre rezos y llantos. Iba todos los días donde la familia de Daniela a escuchar allí Radio Martí a ver si nos nombraban en las noticias y los listados que daban. Por fin al sexto día dieron nuestros nombres, pero que estuvieron oyéndolos varias veces en los noticieros del día, para cerciorarse. Mamá se mudó a casa de esta hermosa familia como le había pedido en la carta, le dieron el cuarto de Daniela, y todo esto me tranquilizo. Junto a doña Marta, Gonzalo y la señora Marina pasaba su tiempo tranquila, tía Marce y el tío Felo  le comenzaron a visitar más frecuentemente. Mi   papá no le hablo nunca más y dice que por ahí lo ven en la misma politiquería, además bebiendo con sus amigotes.                      Nos mudamos  a un Efficiency Apartament, algo pequeño pero era lo que podíamos pagar, además  de  que allí, en nuestro nidito no nos faltaba  nada, trabajando y comprándonos lo que necesita un ser humano para no vivir angustiados. En la espera de nuestros papeles de residencia y todas las puertas que estaban por abrirse en el camino, éramos felices. Con el tiempo me hicieron gerente de ventas en ese mismo supermercado, Daniela trabajaba ya  en una tienda  de judíos  en la que se ganó su confianza y la tenían  como principal allí.                       Hablamos con Papa Bosa  a cada rato por teléfono, ya que decidió ir para Nueva York, allí puso un negocio de mecánica pequeño, ese gordo se le escapaba al mismo diablo de las manos. Donato  se hizo técnico de  refrigeración y anda con su compañía de reparar e instalar aires acondicionados en Miami.  Todos los meses comemos una parrillada juntos y nos tomamos unas cervezas. El viejo Lemus  falleció  dos años después de nuestro arribo.                     Pase siete años sin ver a mi madre, claro que le enviamos Daniela y yo dinero a nuestra familia a cada ratico y gracias a Dios no carecían de nada. Al tiempo  nos  nacionalizamos norteamericanos y fue ahí cuando pude sacar a mi madre de la Habana, preferí hacer eso que ir yo. Dani si tuvo que viajar debido a que su abuelita estaba  mal con una penosa enfermedad. Luego del trágico desenlace ella también saco a sus padres.                   Tuvimos que tomar una  arriesgada decisión  con vista a que en un futuro  pasara lo que en realidad paso, y es que cuando  uno vive preso  dentro de tu mismo país  y  logras ser verdaderamente libre —con opciones y elección— el mundo se abre ante ti o al menos sientes eso. Nadie ha dicho que ser inmigrante es algo grato, pero es el trago de ese jarabe amargo que luego te hace respirar mejor. Cuba sigue siendo el tiempo añejado en una botella de cristal que no se acaba de romper, pero de la que todos beben se embriagan, gozan, ríen y lloran.                   Solo al llegar aquí nos dimos cuenta del riesgo que tomamos, porque muchísimas personas murieron, personas buscando las mismas oportunidades que hoy se nos dieron a nosotros, personas que soñaban y nunca dejaron de hacerlo, incluso muchas no querían salir de su hermosa y maltratada isla, pero que la perversión de un régimen, sádico y petulante con alas blancas pero cuernos rojos, obligaban a arriesgar la vida por alejarse. Lástima de mi patria linda,  de campos verdes y playas  de ensueños. De aroma a viejo con tabaco en mano, un sinsonte  en los cables del alumbrado público, palmas reales y  café recién colado. Pregoneros matutinos  y  el cucurucho de maní en la tarde, de congrises humeantes  y cerdo asado esperando en cazuela. La suave lluvia de invierno bajo el telón de nubes grises. Mi isla  bella politizada y sometida, solo Dios sabe cuándo volverás a tener gente en tu dirigencia, digna de merecerte.                                                         “El mago hizo un gesto y desapareció el hambre, hizo otro gesto y desapareció la injusticia, hizo otro gesto y se acabó la guerra. El político hizo un gesto y despareció el mago”.                                                                                                        Woody Allen
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR