Capítulo 3

1034 Palabras
Después de avisarle a mi madre, junto con mi hermana nos dirigimos al pueblo o bien a donde se concentraba la mayor parte de los mercaderes. Mientras caminaba por las calles de tierra, miraba las casas de las demás personas. Algunas parecían ser más pobres que la mía, observaba como las mujeres sacaban agua de los pozos para llevar a casa. Las mujeres salían con sus hijos incluso hacer las compras, entre las que vi algunas de ellas tenían entre tres y cinco hijos, algunos más grandes que otros. Los mayorcitos cuidaban a lo más chicos mientras sus madres se ocupaban de los asuntos de la casa. Las hijas mayores o bien ayudaban a sus madres en las tareas domésticas o a cuidar a sus hermanos. No me sorprendía ver algunas mujeres trabajar duro en sus casas, cuidar a sus hijos e incluso atender a su esposo cuando llegaba a casa, la misma en esa época no tenía ni opinión ni voto sobre muchas decisiones, más bien era el hombre el jefe de hogar y quien mayormente tomaba las decisiones correspondientes. Pero tenía entendido que existía el divorcio, tanto como para el hombre como para la mujer. En el caso del hombre, si la mujer no podía darle hijos, él tenía todo el derecho de divorciarse como también de conseguir una concubina, para perpetuar su descendencia, pero esto no era una práctica habitual (a excepción de la corte), pues tener concubinas también garantizaba mantenerlas económicamente. En el caso de la mujer, podía divorciarse de su esposo por si este le era infiel y exigirle las dos terceras partes del patrimonio. De todas maneras, no era común que las mujeres se divorciaran de sus esposos, por miedo a las carencias económicas que podían tener posteriormente. De igual manera, según lo que leí en mi vida anterior, se tiene registrado en diferentes documentos, que muchas mujeres sin tener en cuenta todo lo que podía conllevar un divorcio, lo hacían de igual modo porque muchas veces sus maridos ejercían violencia contra ellas. Mis felicitaciones para esas mujeres, la tranquilidad no se paga ni con todo el dinero del mundo, aunque también podía entender porque muchas no lo hacían, obviamente porque no querían volver a la pobreza nuevamente. Luego de ver y recorrer todo el lugar, llegamos al centro más poblado, donde la gente vendía todo tipo de mercancía, el mismo se ubicaba en el muelle y era un lugar donde podías encontrar todo tipo de cosas. Le dije a mi hermana que recorriéramos algunas de estas tiendas para ver lo que había, aunque no compráramos nada, pues más bien yo quería recorrer el lugar para obtener un poco más de información. Podía ver que se vendía todo tipo de cosas, objetos de cerámica, joyas, especias, telas y mucho más. El precio de algunas de estas cosas era elevado, pero otras eran bastante accesibles. Las especias se pueden suponer que pueden acceder todos a ella, además cabe destacar que no solo usaban monedas para comprar los productos, también existía el trueque, por lo tanto, de cierta forma u otra, casi todos podían acceder a los alimentos. Puede ser que lo del trueque solo se aplicara en el tema de la comida, por lo tanto, tal vez objetos que tienen una mayor importancia como telas y demás, se tendrían que comprar con monedas de plata. Mientras yo estaba observando cada cosa tratando de no pasarme nada por alto, encontré papel. Su precio me pareció módico, por lo tanto, creo que no habría problema en comprarlo. - ¿Qué estás mirando, hermana? - Estoy mirando el precio del papel, no me parece tan caro. - ¿Por qué te interesa saber el precio del papel? - Quiero empezar a escribir todo lo que veo. - ¿A escribir? Pero... si tú no sabes escribir ni leer. Esto realmente me cayó como balde de agua fría, parece que a pesar de que mi padre era soldado, nosotras sus hijas nunca habíamos aprendido a leer y escribir. ¿Y ahora? ¿Cómo le hago? Obviamente se escribir y leer el idioma de mi anterior vida, pero en esta época no puedo usar mi letra para plasmar algo, debo usar otro tipo de letras, pensé que, al saber identificar los números, bien podía saber identificar las letras, pero resulta que no. Pero de alguna manera aprendería a escribir, tal vez haya alguien que me enseñe, un conocido de mi padre que trabajara en el palacio. Dejé de lado ese tema y junto con mi hermana traté de dirigirme a casa, ya que el sol se estaba ocultando y no podía saber que peligros podían asechar por las noches por estos lugares. Rápidamente tomamos el camino de regreso, dispuesta decirle a mi padre, una vez que estuviera allí, que quería aprender a escribir, estaba segura que podía conocer a alguien que me enseñara hacerlo... Cuando regresamos a casa dentro había dos hombres, uno de edad adulta y otro un poco más joven. El de edad adulta sospeché que era mi padre, ¿pero el joven? No podía imaginar quien podría ser. Cuando el hombre de edad adulta me vio, rápidamente se acercó a mí y me abrazó. − Oh hija mía, que bueno que estés bien. Obviamente esa persona era mi padre. Lo abracé instintivamente y le aseguré que estaba bien. Luego de este acogedor abrazo por parte de mi padre, se acercó el joven, que también me abrazó. − Es bueno saber que mi hermana ya está bien. Fue donde me di cuenta que tenía un hermano mayor, el cual no vivía con nosotros pues tenía pareja y estaba viviendo junto con ella. En el Antiguo Egipto, no era necesario que ambas personas se casaran, con solo vivir juntos ya se consideraban casados y este era el caso de mi hermano. De todas maneras, él pensaba casarse con ella y hacer una pequeña ceremonia. Me pregunté de qué manera, pues en la posición que estábamos no podíamos darnos el lujo de celebrar una boda, por más pequeña que fuera, fue en ese momento que me enteré de que era escriba y que era el único de la familia que sabía leer y escribir...
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