CAPÍTULO TREINTA Y UNO Estaba a unos cuatro pies del círculo cuando Madrigue atacó, tomándome por sorpresa. Me agarró por la cintura y me arrojó a través de la habitación como si no pesara nada. Golpeé el suelo con un largo auch y rodé, evitando por poco ser pisoteada. El aire que su pisoteo desplazó hacía mi cara y mis manos, y juro que el suelo debajo de mí vibraba. Trató de golpearme hasta hacerme compota, y rodé y rodé, me di cuenta de que me quedaría sin terreno pronto e invirtió la dirección, volviendo. Su pisotón dio en el borde de la hermosa camisa, pero en lugar de rodar de nuevo, enganché mis brazos alrededor de su otra pierna y tiré. Saltó hacia atrás, dándome suficiente tiempo para hacer una voltereta hacia atrás, un movimiento elegante que aprendí después de muchos moretones

