CAPÍTULO VEINTICINCO Era mediodía cuando llegamos a la tierra de Sidhe, justo fuera del castillo, no por un claro lejano. La tierra era verde, llena de pájaros cantando, animales atrevidos. Era una tierra tranquila, impresionante. El sol brillaba por encima del castillo, la temperatura cálida pero no caliente. El castillo, como en un cuento de hadas, era una hermosa estructura de pisos indefinidas, llenos de altas torres y parapetos, de balcones redondos y estatuas de piedra. Se veía igual que la última vez que vine, excepto por los guardias. La última vez no había habido nadie para saludar o interrumpir nuestro progreso, hoy había guardias por todas partes. En el suelo, en el cielo, en los balcones, en las torres. Dondequiera que miraba, había enormes hombres y mujeres con lanzas altas

