Capítulo 3

2296 Palabras
3 Mientras se acercaban al asentamiento, Raphael vio a una mujer joven tratando de colocar con dificultad una gran olla sobre un fuego. Un niño pequeño con abundante cabello oscuro se aferraba a su pierna haciendo que la tarea le resultara más difícil. Ella llevaba una túnica larga que estaba limpia pero con pequeñas rasgaduras que necesitaban arreglarse. Llevaba una toca que le cubría el cuello y la boca, dejando al descubierto unos brillantes ojos marrones. Cuando se movía, las mangas de la túnica se levantaban revelando las llagas de sus brazos. —Permíteme —dijo Raphael apresurándose a ayudarla. —Gracias, señor. —Puedes llamarme Raphael —dijo colocando la olla sobre el fuego. —Yo soy Miriam. Por favor, no penséis que soy una desagradecida, pero tenéis que iros de inmediato. —Miró a Raguel y luego a él—. ¿Sabéis qué es este lugar? Raphael miró al niño. —Sí, lo sabemos. Estamos aquí para ayudaros y traeros consuelo. —¿Qué consuelo podéis traer? Seréis rechazados como todos nosotros si la gente de Ai os ve por aquí. —Os traemos la palabra, Su palabra de que os ama y que no os ha abandonado. Miriam le miró con tristeza. —Es difícil creer eso cuando todos los demás nos dan la espalda sin importar lo inocentes que seamos. —Ella abrazó al niño. Raphael extendió el brazo para tocarla y ella se quedó sin aliento. Una mirada de paz se apoderó de su rostro. —Todos sois Sus hijos. Ten fe. —Gracias —suspiró. —¿Y quién es este guapo hombrecito que está agarrado a ti? —Raphael sonrió al niño. Unos grandes ojos marrones se asomaron desde detrás de la túnica de Miriam. —Este es mi hijo, Ethan. Raphael se puso en cuclillas a la altura del niño para mirarlo a los ojos. Ethan volvió a esconder la cabeza en entre la ropa de su madre. —Ethan —dijo la mujer, exasperada—. Perdona a mi hijo. Normalmente no es así. Desde que nos pidieron que abandonásemos la ciudad, se ha vuelto cauteloso con los extraños. Raphael asintió. Antes de que él y Raguel dejaran el Cielo, Michael les mostró cómo la enfermedad había provocado que les echaran de sus casas y les expulsaran a las afueras de la ciudad. —Mi compañera y yo hemos oído lo que ocurrió. Estaremos aquí durante un corto periodo de tiempo para ayudar en todo lo que podamos. ¿Hay algo que podamos hacer por ti? Sus labios esbozaron una sonrisa. —Sí, lo hay. Puedo moler el grano más rápidamente sin Ethan pegado a mí. —Creo que puedo encontrar una forma de ocupar su tiempo —dijo él. Miró las marcas del brazo del niño. Se preguntaba dónde estaría el padre de Ethan, pero no preguntó. Supuso que el padre habría renegado de su mujer y de su propio hijo. ¿Cómo podría alguien rechazar a uno de los suyos? —Ethan, ¿te gustaría escuchar una historia? —Tendió la mano al niño—. Es una historia sobre un niño que fue curado por un amable y apuesto desconocido. A Raphael solamente le habían pedido que llevara consuelo a los marginados, pero le resultaba muy difícil ver a la gente sufrir y no poder sanarles. Ethan salió lentamente de detrás de las faldas de su madre. Unas espesas pestañas enmarcaban sus ojos mientras miraba la mano extendida de Raphael. A continuación, miró a su madre. —Adelante. Yo estaré justo allí. —Señaló a un par de piedras de amolar que había cerca—. Y si te portas bien, podrás tomar dátiles para comer. Los ojos de Ethan se iluminaron. —Sí, madre. —A continuación tomó la mano de Raphael. —Gracias —dijo Miriam a Raphael mientras se apresuraba hacia las piedras—. No tardaré. —Raphael —susurró Raguel mientras observaba a la mujer encorvada sobe las piedras, moviendo una sobre la otra meciéndose hacia delante y hacia atrás, creando una sustancia pulverulenta—. ¿Qué está haciendo? —Moliendo el grano para hacer harina. —Raphael condujo a Ethan hacia una pequeña carpa—. ¿Es la tuya? — preguntó al niño. Ethan asintió. Raphael se sentó y puso al niño sobre su regazo. Tocó su brazo e hizo un gesto de dolor al ver aquellas manos regordetas deterioradas por la enfermedad. Pobre niño. Alguien tan hermoso e inocente como él no debería tener que vivir con una enfermedad como esa. Él niño le miró con asombro y a él se le derritió el corazón. Sabía que podía sanar a Ethan. Recientemente le habían ascendido a Arcángel de la sanación. Le habían otorgado el don de la sanación y podía curar al niño. Estaba seguro de que le perdonarían si lo hacía. El niño era demasiado joven para tener que sufrir así. —No te muevas, Ethan —dijo pasando una mano por su brazo sin tocarlo. —¿Qué estás haciendo? —preguntó Raguel susurrando, sorprendida. —Estoy curándolo. —¡Eso va contra las órdenes de Michael! Raphael se detuvo y miró a Raguel. Ella tenía razón. Por mucho que quisiera ayudar a Ethan, no sería un buen ejemplo para Raguel teniendo en cuenta que esta era su primera misión. Suspiró y bajó la mano. —Sí. Estamos aquí para consolar y traer palabras de fe a la gente de aquí. Dio una palmadita en el brazo a Ethan. —No estoy segura de cómo hacerlo —admitió con una mirada de preocupación en su rostro. Raphael miró a la gente que había en las carpas a su alrededor y sus ojos se posaron en un hombre mayor de piel tostada por los rayos del sol. Junto a él había una bolsa de agua de piel de cabra. —Allí. —Señaló al hombre—. Ofrécete para traerle agua del arroyo. Su bolsa parece estar vacía. Raphael miró a Raguel con interés. Recordó la primera vez que tuvo contacto con un humano. Tenían demasiadas emociones, pasiones que a menudo eran llevadas a los extremos: felicidad, tristeza, ira, amor. Irradiaban una gran energía desde la profundidad de sus almas. Sin embargo, sentía que los ángeles mantenían sus emociones bajo control. Era como si tuvieran miedo a expresar sus sentimientos porque de esa forma no parecerían ser tan perfectos como les habían creado. La primera vez que tocó un humano sintió una conexión instantánea. En ese momento fue cuando se dio cuenta de que los humanos le veían como una criatura divina. Lo más interesante era que él sentía lo mismo hacia ellos. Estaba deseando contarles a los demás su experiencia, pero no estaba seguro de si los otros ángeles lo entenderían. De hecho, su buen amigo Lucifer pensaba que era una tontería y le disuadió para que no lo contase. —Señor —Raphael escuchó a Raguel hablando con el anciano—. Le traeré agua del arroyo. El hombre levantó la cabeza. Sus labios temblaron al ver a Raguel. —¿Rachel? Raguel miró a Raphael, confundida. Este se encogió de hombros. —Mi nombre es Raguel —dijo al anciano. —Te pareces a Rachel. —¿Quién es Rachel? —Era el nombre de mi hija. Pensaba que eras ella. Pensaba que el Señor había respondido a mis plegarias y me la había devuelto. Era muy joven cuando se la llevó. —Su mano temblaba al acercarla a ella. —Tú te pareces mucho a ella, tan hermosa —Se detuvo antes de alcanzar su mejilla y apartó la mano—. Tanto como lo era ella. Rachel se arrodilló frente a él. —¿Qué le ocurrió a tu hija? —Ellos venían en mi busca cuando la enfermedad me atacó. Los soldados me ordenaron que me fuera y yo estaba dispuesto a irme. Ya había vivido mi vida. Pero Rachel, ella no iba a dejarme ir. Rogó a los soldados que liberaran, pero como no lo hicieron, se agarró a uno de ellos y él... él la golpeó con la espada. Raphael la oyó dejar escapar un pequeño sollozo. Observó cómo su mano se dirigía hacia el anciano. Se detuvo y miró a Raphael. Él asintió, animándola. —Adelante —murmuró. Tragando saliva, colocó su inmaculada mano sobre la mano arrugada de él. Raphael sonrió al ver la expresión de su rostro. Sabía lo que sintió; sintió el amor incondicional por Su más magnífica creación. ¿Quién no podría sentirlo? Sabía que una vez los demás ángeles entraran en contacto con los humanos, sentirían lo mismo que él en su momento. Tal vez eso era lo que Lucifer necesitaba. Seguramente si caminaba entre ellos y llegaba a conocerlos, también podría llegar a amarlos. Quizás cuando regresara, podría hablar con Michael sobre ello. —Tú me recuerdas a ella —dijo el anciano—. Ragu...¿Cómo has dicho que te llamabas? —Puedes llamarme Rachel. Sería un gran honor para mí llevar el nombre de una mujer tan valiente como tu hija. —Miró a Raphael—. De ahora en adelante, seré Rachel. Él le hizo un gesto de aprobación con la cabeza. No le sorprendía que Raguel... Rachel, hiciera algo así. Ella amaba profundamente. Era un ángel joven y en cierta manera también inocente para los trabajos del Cielo e incluso de la Tierra. Era todo lo contrario a Uriel, quien solo pensaba en sí mismo. Si Uriel supiera lo mucho que le importaba, sería un peligro para ella. Raphael esperaba que por el bien de Rachel, Uriel jamás descubriera sus sentimientos por él. —Bueno, Ethan. ¿Te cuento la historia? —Estaba a punto de comenzar cuando escuchó en la distancia un estruendo de voces que parecían enfadadas. Miró hacia Ai y vio un sinnúmero de personas cerca de las puertas de la ciudad marchando hacia su dirección. Raphael se levantó con Ethan en sus brazos. La muchedumbre que se dirigía hacia ellos parecía estar conformada de hombres de la ciudad. Muchos de ellos llevaban capas de colores sobre las túnicas, algo que solo los ricos se podían permitir. Haciendo uso de su don para aumentar la vista, pudo ver el temor detrás de la ira de sus ojos. Era comprensible que tuvieran miedo de que la enfermedad se extendiese por la ciudad. Era el mismo temor que podía hacer que hasta los hombres más piadosos se enfrentaran a sus propios hermanos. Raphael miró a la gente del asentamiento. Ellos ya habían sido expulsados de sus casas una vez. ¿Dónde más podrían ir? Si dejaran a un lado sus miedos, estaba seguro de que la gente de Ai volvería a abrazar a sus hermanos. Todo lo que él tenía que hacer era garantizárselo. Tenía confianza en que podría hacerlo. Solo necesitaba hablar con ellos. Entonces, en medio de la muchedumbre, vio un resplandor, seguido de otro, y de otro. La multitud se separó dejando paso a los soldados, cuyas espadas relucían bajo los rayos del sol. A Raphael se le cayó el alma a los pies, ya que sabía que los soldados no atenderían a razones. Puso a Ethan en el suelo y le dijo: —Métete en tu tienda, pequeño. Quédate allí. Tu madre se reunirá contigo pronto. —¡Miriam, ven rápido! —gritó cuando Ethan se hubo metido en la tienda. —¿Qué ocurre? —Miriam se secó el sudor de la frente con el dorso del brazo. —Ve con Ethan. No salgáis hasta que yo os diga que es seguro hacerlo. —¿Por qué? ¿Qué...? Miriam se llevó la mano a la garganta con los ojos muy abiertos. —No —dijo boquiabierta. Raphael tocó su brazo. —¿Miriam? —Los demás. Tenemos que advertir a los demás. —Dando un tirón del brazo se alejó corriendo de Raphael. Su túnica ondeaba por la velocidad mientras corría hacia las otras tiendas. —¡Rahab, Bithiah! ¡Los soldados vienen hacia aquí! Raphael estaba a punto de ir tras ella cuando docenas de personas empezaron a correr por todo el asentamiento en busca de sus pertenencias. Miró atrás, hacia la tienda donde se encontraba Ethan. No podía dejarlo solo. Afligido, vio el temor en el rostro de la gente. Muchos de ellos pudieron correr hacia el valle y desaparecieron entre las colinas. Los demás, la mayoría mujeres con niños, ancianos y personas muy enfermas, se sentaron indefensas, suplicando por sus vidas. —Nosotros no hemos hecho nada. ¿Dónde iremos? —Nos han abandonado. Nos han abandonado a todos. Miriam se abrió camino entre el gentío, apresurándose hacia el anciano. —Obadiah, ven conmigo. —¿Qué ocurre? —preguntó Rachel. —Los soldados. Vienen a por nosotros. Tú y Raphael tenéis que iros. Rachel miró a Raphael preguntándole con la mirada algo que él no quería contestar. Si los hombres estaban allí para destruir el asentamiento y a las personas que vivían en él, no había nada que ellos pudieran hacer. No podían interferir. Rachel quería detener lo imposible. Cuando él negó con la cabeza, ella miró rápidamente hacia la tienda donde se encontraba escondido Ethan y después a Obadiah. Su rostro palideció. —No —articuló ella. Se escuchó un fuerte gruñido y una mano desgastada se acercó a Rachel buscando su atención. —Rachel, alcánzame mi bastón —dijo Obadiah. —¿Qué estás haciendo? —Ella se quedó boquiabierta al ver que él se preparaba para ponerse en pie. Apresuradamente fue hacia la entrada de la tienda y agarró una vara larga y oscura. Se la llevó corriendo y se la colocó en la mano. Los músculos sobresalieron de sus huesudos brazos al esforzarse para levantarse y las piernas le temblaron al ponerse en pie. Rachel se quedó con la boca abierta al ver a Obadiah alejarse de ella. —No, por favor, no lo hagas —le suplicó, yendo tras él. Obadiah siguió caminando, levantando polvo mientras arrastraba los pies por la tierra. —Apresúrate, mujer. Solo podré distraerlos durante poco tiempo. —Iré contigo —insistió Rachel. Obadiah se detuvo. Miró hacia atrás a Raphael y a continuación se giró hacia ella. Su mano tembló al tratar de tocarle la mejilla. —He vivido muchos años. He servido fielmente al Todopoderoso incluso cuando me echaron de mi propia casa... incluso cuando mataron a mi hija. Ahora, en mi último día de vida, Él os ha enviado a ti y a tu compañero. Nunca pensé que con mi último aliento llegaría a tocar a un ángel, a una hija del Altísimo. Rachel respiró entrecortadamente y parpadeó. —Yo... no sé de lo que estás hablando. Obadiah la miró con una sonrisa de complicidad. —Ve a ayudar a los demás, Rachel. Tal vez algún día nos volvamos a encontrar.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR