4. Estás a salvo conmigo, bonita. [Parte 1]

1687 Palabras
4. Estás a salvo conmigo, bonita. [Parte 1] AARON. — ¡¿Que tú qué?! — Grita Evan al otro lado del teléfono. Gruño con enfado porque, ¡me ha reventado el tímpano! — ¿Quieres dejar de gritar, grandísimo imbécil? — Bueno, pues entonces explícame el acto de locura extrema que acabas de hacer. ¿De nuevo? Se lo he explicado más de diez mil veces. Bien, aquí vamos otra vez. — Encontré a una menor de edad en la calle y… — ¡Y te la llevaste a vivir contigo! — Termina por mí —. ¡A una menor, menor, menor! — Evan… — ¡Tú! ¡Aaron Cooper! ¡El sujeto más narcisista, egocéntrico y malditamente creído de la faz de la tierra! ¡Ninguno te tus empleados te quiere porque no les respondes ni un puto saludo, y ¿ahora se te dio por postular para ser la siguiente Madre Teresa de Calcuta?! — ¡Basta ya! — ¡¿Está buena?! — Pregunta, ignorándome —. ¡Es eso! ¡Ahora te vienen las niñas! ¡Te gusta y… — ¡Evan, cállate la puta boca! — ¡Es que no lo puedo creer! — Resisto la necesidad de estrellar el teléfono contra la pared —. ¡Tienes veintinueve años, Aaron, veintinueve! ¡No quince! ¡Pensé que era yo quien no podía mantener la polla dentro de sus pantalones, no tú! ¡¿Ya te la cogiste?! Y exploto. — ¡No, no me traje a Bess a vivir conmigo para eso! ¡Es una niña, Evan! ¡¿Qué parte de menor de edad no entiendes?! — Me asomo por el pasillo para cerciorarme de que el grifo del baño aún sigue abierto porque no quiero que Bess me escuche hablar con este hijo de puta. Cuando escucho que el agua sigue cayendo, continúo gritando —: ¡Y si te he llamado, no es para que me eches el sermón del año, es para que me ayudes! — ¿Tengo otra opción? — Pregunta finalmente con resignación. — No, imbécil. — Mejor amigo y jefe en un solo paquete — dice con sarcasmo —. Lo mejor que te puede suceder. — Cállate y escucha — tomo la pizza que hace unos minutos llegó y empiezo a servirla en dos platos mientras hablo —: Necesito que tu hermana me ayude en esto. Yo no tengo puta idea de qué es lo que necesita una mujer y Bess no tiene más que una muda de ropa rota y desaliñada en su poder. — ¿Christina? ¿Mi hermana? ¿La vas a meter en esto? — Escucho su fuerte carcajada al otro lado del teléfono —. ¡Pero si tú la detestas! ¡Dices que es infantil, gritona y coqueta! — ¡Tiene la misma edad que Bess, así que supongo que pueden entenderse! Su resoplido sólo termina por estresarme más. ¡Hijo de puta, se aprovecha que no lo tengo cerca! — ¿Te recuerdo algo, Aaroncito? — Aaroncito tu abue… — Sí, eso, ¡abuela! Tienes una abuela genial — dice, ignorando mi enfado —. Una madre encantadora y una preciosidad de hermana que si seguramente le pides ayuda, acudirá a tu rescate. ¿Por qué no les pides ayuda a ellas, grandísimo idiota? Omito la parte en donde me dice idiota, seguro de que mañana me cobraré todas sus burlas. — No, a ellas no les diré nada. Y si tú abres la boca para decirles, te corto la lengua y se la doy de alimento a las pirañas, ¿entendido? — ¡¿Pero por qué no les vas a decir?! — Empiezan de nuevo sus gritos —. ¡Estoy seguro de que tu abuela la puede ayudar, seguramente se la va a llevar a vivir con ella y… — ¡No! Maldición, hijo de puta. Ahora él lo sabe. — ¡Lo sabía! — Inclusive puedo ver su sonrisa mientras habla —. ¡Te gusta, te gusta y no quieres que nadie más la tenga! ¡La quieres viviendo contigo! — Evan… — ¡Una cogida por ir a la cárcel! ¡¿En serio vas a arriesgar tanto por un polvo?! — ¡No me voy a acostar con ella! — Grito, tan a punto de ir a su casa y golpearlo —. ¡Sólo quiero protegerla, eso es todo! ¡¿Le vas a pedir a Christina que me ayude o no?! — Sí, sí, yo le digo — acepta con voz cansina—. ¿Y qué pasará después? ¿Le vas a comprar ropa, seguramente todos los juguetes que ella quiera y qué? ¿Qué viene después de eso? — La voy a llevar a trabajar conmigo en la empresa. Dejo con brusquedad un plato sobre la mesa y vuelvo por el otro, tomándome mi tiempo porque como que necesito calmarme. — Oh, perdiste la cabeza — dice con algún toque de histeria en su voz —. ¡Perdiste la puta cabeza! ¡Es menor de edad, imbécil! ¡No se le puede dar trabajo! — ¡¿Desde cuándo hay un imposible para mí, Evan?! — Gruño, porque malditamente odio que me crean incapaz de hacer algo —. Si te digo que trabajará conmigo, es porque lo hará. Soy el jefe y nadie va a poner en duda mis decisiones. — ¡Soy el jefe, soy el jefe! ¡Pues eso no te va a impedir ir a la cárcel por tener a una menor bajo tu poder! — ¡Nadie se va a enterar! — ¡Haz lo que quieras, Aaron! — Gruñe —. ¡No, no hagas lo que quieras! ¡Yo también tengo parte de tu empresa y la pueden cerrar si se enteran de que tenemos a una menor trabajando allí! ¡Nos pueden acusar por explotación infantil! ¿Por qué todo lo tiene que llevar a los extremos? — Todo saldrá bien — digo en voz baja, porque el grifo de la ducha ya ha sido cerrado y no quiero que Bess me escuche gritando —. Bess cumple los dieciocho en dos meses y en dos meses empiezan las clases en los colegios, ¿no es cierto? — ¿Ahora qué mierdas… — Seguramente ella no ha terminado sus estudios — medito —. Así que cuando cumpla los dieciocho, la matricularé en el colegio de tu hermana. — Aaron… — ¿El colegio al que Christina va es de sólo mujeres, cierto? Y de nuevo yo y mi maldita bocota. — ¡No puede ser cierto! — Lloriquea Evan en mi oreja —. ¡Te adueñaste de la niña! ¡Esto va muy enserio! ¡De verdad la quieres para ti! ¡¿La vas a matricular en un colegio de señoritas para que ningún hombre la mire o qué cojones?! Llevo los refrescos hasta la mesa y me controlo para no romperlos en mis manos. — Sólo voy a asegurarme de que lo tenga todo, Evan — digo, convenciéndolo a él y a mí mismo —. Trabajará conmigo los próximos dos meses, le pagaré el colegio para que lo termine y cuando crea que puede protegerse por sí misma, entonces la dejaré ir. — ¿Te escuchas y te lo crees? — Resopla de nuevo —. Te conozco, Aaron Cooper. Eres posesivo con lo que es tuyo y puedo jurar, que ya te adueñaste de esa niña. — No, no he hecho nad… — Miéntele a alguien más, imbécil, a mí no. — Y te he dicho que no. — Bien, como sea. Te ayudaré en lo que necesites, sólo porque si no lo hago, seguramente sacarás mi trasero de la empresa, ¿o me equivoco? — No, no te equivocas. Un gruñido de su parte trae una sonrisa arrogante a mis labios. — Le diré a Christina que esté en tu apartamento mañana a las ocho, ¿le parece bien a mi rey? — Sí — acepto —. Esa hora es perfecta. — Y Carmencita, tu secretaria, la única mujer aparte de tu madre que te aguanta, te programó para mañana todas las reuniones que perdiste hoy, ¿ya te lo dijo? — Sí, ya lo sé. — Bien, deja de perder el tiempo con la niña y concéntrate en la empresa, ¿quieres? Quiero decirle que mi tiempo con Bess nunca es una pérdida, pero sé que si lo digo, sólo será para terminar de hundirme. — Bien — cuando estoy a punto de colgar, recuerdo pedirle lo más importante —. Consíguele una identificación falsa. Se llama Bess Lee. Espero eso para mañana sin falta. — ¡¿Aaron, qué mierd… Cuelgo en el preciso momento en el que veo a Bess asomarse dentro de la sala. ¡Joder, diablos, mierda, grandísimo infierno! Me concentro en su rostro, sin permitirme bajar la vista a sus pechos en donde puedo ver claramente sus pezones. Maldición, maldición, maldición. — ¿Tienes frío? — Consigo preguntar, girándome para darle la espalda mientras finjo acomodar el plato de la pizza en su lugar. Oh, claro que tiene frío, Aaron. Sus pechos saludándome son la respuesta. — Sí, un poco — escucho su voz detrás de mí —. ¿Te ayudo en algo? — ¡No! — Hago de mi mano un puño porque puedo jurar que ella se ha acercado unos cuantos pasos más a mí. No la toques, no la toques, no la toques… — ¿Estás bien? Por fin me giro a mirarla y… ¡Mierda! No tengo tanta fuerza de voluntad. La tomo de la mano y la arrastro por todo el pasillo hasta mi habitación. Ya dentro, abro mi closet y busco ese maldito abrigo rosado de felpa que el novio de mi hermana me regaló para las navidades pasadas. Joder, para algo tuvo que servirme el imbécil del Jared. Rápidamente, y tal vez con algo de brusquedad, le pongo el abrigo a Bess. Y respiro, por fin me permito respirar con tranquilidad.
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