POV Sovann Dara (Zhu Lianhua)
Phnom Penh duerme bajo una bruma azulada. Las calles del casco antiguo, aún húmedas por la lluvia de la noche, reflejan las luces espectrales de los faroles del Palacio Real. El silencio es tan profundo que parece escuchar los pasos de los que no deben ser vistos.
En el extremo sur del complejo imperial, más allá de las zonas abiertas al público y de las rutas diplomáticas, se encuentra el Puerto de las Sombras. Ningún mapa lo registra, aunque su existencia se susurra entre los miembros de la Guardia Real. Solo aquellos con el sello de Angkor en la muñeca pueden cruzar su umbral.
Allí, me espera el sampán solar de niebla. Su casco de obsidiana líquida parece respirar bajo el velo de seda negra, donde las inscripciones en Preah Kham brillan débilmente con cada ráfaga de viento. Las palabras, sagradas y antiguas, forman el hechizo de tránsito que protege a los enviados del Reino.
Los guardianes que custodian el embarque se mantienen en silencio absoluto. Nadie habla en el Puerto de las Sombras; la palabra se considera un riesgo.
Me detengo frente al sampán y, como dicta la tradición, me inclino hasta que mi frente toca el suelo metálico del muelle. Luego, con voz firme, recito el verso ritual que marca el inicio del viaje:
“Que el agua guarde mi nombre,
Que la niebla oculte mi destino,
Que el loto me lleve donde el deber florece.”
El aire cambia. Las velas de plasma del sampán se encienden con un resplandor dorado, proyectando sobre la niebla símbolos de loto en movimiento. El casco, silencioso, comienza a deslizarse por el río como una sombra viva.
Al subir, siento el pulso del motor cuántico sincronizarse con el mío. Cierro los ojos y me siento en posición de meditación, las manos sobre las rodillas, la espalda recta. El río Tonlé Sap murmura bajo el casco, y cada sonido parece contener una respiración del tiempo.
Durante la travesía, mantengo los ojos abiertos, inmóvil, pero mi mente danza.
Mis pensamientos se entrelazan con los recuerdos de Zhu Lianhua —la princesa, la científica, la hija del Imperio— y los de Sovann Dara, la guerrera sin nombre, la sombra del Reino de Camboya. Entre ambas existe una línea tan delgada como el filo de una katana.
El sampán avanza hacia los canales ocultos, donde las ramas de los árboles forman túneles naturales. Drones con forma de garzas revolotean entre las copas, sus sensores bioluminiscentes detectando el sello real grabado en el timón. Ningún intruso podría seguir esta ruta.
A intervalos regulares, el sampán proyecta escudos de niebla ritual: membranas de vapor azul que distorsionan la luz y borran toda huella térmica. A los ojos del mundo, no existimos.
Abro mi abanico de viento, una herramienta de comunicación cuántica. Sobre su superficie de seda aparecen caracteres luminosos:
Instrucción de la corte: llegada directa a Angkor Sovannavong. Evite contacto con fuerzas externas. Posible interferencia siamesa en ruta norte. Mantener protocolo de invisibilidad total.
Cierro el abanico con un chasquido. Siameses. Incluso en el siglo XXIII siguen obsesionados con los secretos de Angkor.
Mi subconsciente se ríe con su habitual ironía.
—Nada como empezar tu primer día con un toque de paranoia diplomática, ¿no?
—El peligro mantiene la mente despierta —respondo en silencio.
El río se ensancha, transformándose en un espejo líquido. El cielo comienza a aclararse. El sampán, obedeciendo al protocolo ceremonial, se eleva unos centímetros sobre el agua, activando su modo de levitación ritual. La sensación es extraña, como si el aire se solidificara bajo los pies.
Y entonces, la niebla se abre.
Frente a mí, emergen las torres de Angkor Sovannavong.
Parecen surgir del agua misma, antiguas y nuevas a la vez. Los relieves originales de piedra han sido restaurados con filamentos de oro y sistemas bioluminiscentes que laten como corazones dormidos. En lo alto, los ojos de las apsaras talladas brillan con luz interior, observando la llegada del sampán.
El amanecer cae sobre las torres y las cubre de un resplandor ámbar.
Recito el verso de llegada, tal como dicta la costumbre de la Guardia Real:
“Que la flor reconozca mi sombra,
Que el templo me reciba sin nombre,
Que el Príncipe vea en mí la voluntad del Reino.”
Las aguas del Tonlé Sap responden con un suave temblor, como si el lago mismo aceptara la plegaria.
El sampán se detiene frente al Puente de los Lotos Silenciosos, un pasillo flotante formado por placas translúcidas que se iluminan con cada paso.
Dos figuras holográficas se materializan al otro lado: guardianes ceremoniales de la orden, revestidos con armaduras de energía dorada. Uno de ellos inclina la cabeza y extiende una mano virtual hacia mí.
—Bienvenida, Sovann Dara de la División Especial —dice una voz filtrada por protocolos digitales—. El Reino reconoce tu tránsito.
—El deber responde —contesto con la fórmula tradicional.
Desciendo del sampán. Las velas se apagan lentamente, y el casco vuelve a su forma de obsidiana, como si el viaje nunca hubiera ocurrido.
Camino sobre el puente, y cada paso emite un brillo suave bajo mis pies. Las torres de Angkor se alzan majestuosas ante mí, entre raíces antiguas y estructuras flotantes. Es como si los espíritus del pasado convivieran con la tecnología del presente.
Más allá del puente, la Sala de Evaluación aguarda: un recinto circular cubierto por una cúpula de cristal de loto. Dentro, la corte camboyana se reunirá para recibir a los nuevos candidatos preseleccionados para la guardia del príncipe Suriya Narottam Vattanak.
Mi corazón late con la calma de quien ha dejado atrás todo lo que era.
Hoy no soy Zhu Lianhua.
Hoy soy Sovann Dara,
la flor que viajó por la niebla para convertirse en sombra del trono.
[…]
La Sala del Loto y el León
POV Sovann Dara (Zhu Lianhua)
El puente de los Lotos Silenciosos se extiende frente a mí como un sueño suspendido. Cada pétalo translúcido bajo mis pies emite una luz que responde a mis pulsaciones, como si el propio suelo reconociera mi respiración. El aire está impregnado de incienso de sándalo y del murmullo del lago Tonlé Sap, cuya superficie refleja los primeros rayos del sol.
Camino despacio, sintiendo el peso de cada paso. No hay sonido más que el de mis pensamientos y el latido constante en mi pecho. En la distancia, las torres de Angkor Sovannavong parecen moverse entre la niebla dorada, como si el tiempo no fuera una línea, sino una marea.
Mis manos tiemblan, aunque trato de mantener la compostura. Sovann Dara no tiembla, me repito. Pero la verdad es que lo hago. Tiemblo por la magnitud del lugar, por el poder del rito y por el eco de la historia que mis ancestros alguna vez moldearon con sangre, ciencia y amor.
Al final del puente, los guardianes holográficos se disuelven en fragmentos de luz.
Una melodía de gongs y flautas se eleva en el aire, envolviendo mi llegada con una sensación casi sagrada.
Una voz profunda resuena desde la entrada del templo:
—សូមស្វាគមន៍មកកាន់អង្គរសុវណ្ណវង្ស – Saom svaakom mok kan Angkor Sovannavong.
(Bienvenida a Angkor Sovannavong.)
Inclino la cabeza, llevando mi puño cerrado al corazón en señal de respeto.
—សូមអរគុណព្រះរាជាណាចក្រ – Saom orkoun Preah Reachanachak.
(Agradezco al Reino.)
La puerta principal se abre con un sonido de campanas de cristal.
Detrás de ella, la Sala de Evaluación Real se despliega como una flor de loto gigantesca. El suelo es de jade líquido; los muros, una mezcla de piedra ancestral y circuitos de energía dorada. Las columnas están talladas con figuras de apsaras danzantes, cuyos ojos parecen seguirme.
Siento una oleada de reverencia. Y miedo.
Miedo de ser descubierta.
Miedo de no estar a la altura de la leyenda que represento.
Miedo… de encontrarme con él.
En el centro de la sala, rodeado por una docena de consejeros y altos oficiales, se alza el Trono de Angkor, una estructura híbrida de metal n***o y madera de teca grabada con caracteres antiguos. Detrás, una cortina de seda roja bordada con el emblema del león dorado del Reino.
Y allí, de pie, con las manos cruzadas sobre la espalda, está Suriya Narottam Vattanak.
No necesita presentación.
Su sola presencia llena el espacio como si el aire se reacomodara a su alrededor.
Lleva un traje ceremonial blanco con bordes dorados y una faja color granate. En su cuello, el medallón del Guardían del Trono de Angkor, que refleja la luz del amanecer.
Sus ojos, oscuros y serenos, se alzan un instante y me encuentran.
Y en ese breve cruce, siento que el tiempo se detiene.
Hay una calma extraña en su mirada, una profundidad que me desarma más que cualquier golpe.
No es arrogante, no es distante: es… insondable.
Mi subconsciente susurra con ironía, aunque apenas puedo respirar:
—Bueno, “Don Perfecto” ha hecho su entrada triunfal.
“Silencio”, pienso. “Déjame mirarlo.”
—សូមអញ្ជើញចូលមក – Saom ancherng chol mok.
(Adelante.) —ordena una de las consejeras, interrumpiendo el instante.
Camino hasta el centro de la sala y me arrodillo, bajando la cabeza hasta que mi frente toca el suelo.
El protocolo dicta tres reverencias: una por el Reino, otra por la Corona, y la última por la persona del Príncipe.
Las realizo lentamente, sintiendo cada movimiento como si tallara un juramento sobre mi piel.
—ខ្ញុំសូមប្តេជ្ញា – Khnom saom pdechya.
(Yo juro.) —digo con voz firme, aunque mi corazón se desboca—
ធ្វើការពារសុវត្ថិភាពដល់ព្រះអង្គសុរិយា នរោត្តម វត្តនៈ។
(Protegeré la vida de Su Alteza Suriya Narottam Vattanak.)
El eco de mis palabras se propaga como una onda.
Suriya da un paso adelante. Su sombra se proyecta sobre mí.
Por un instante, percibo su respiración, lenta, medida… y algo en mi interior se estremece.
Él se inclina levemente —un gesto inusual de cortesía— y pronuncia, con voz baja y melódica:
—សូមឲ្យព្រះលោតសម្រាប់អ្នកដ៏ស្មោះត្រង់។
(Que el loto florezca para quien es leal.)
Siento un escalofrío recorrerme.
Cuando levanto la mirada, él ya ha vuelto a erguirse, impasible.
El jefe de protocolo da un golpe seco con su bastón ceremonial.
—Sovann Dara de la División Especial de Escoltas Reales, —anuncia con solemnidad— has sido aceptada oficialmente como guardián de la Sombra Dorada, primera línea de protección del Príncipe Heredero.
El silencio posterior es abrumador.
El emblema de Angkor proyecta sobre el suelo un haz de luz que se eleva hasta envolverme.
La energía recorre mi cuerpo, marcando el sello dorado sobre mi muñeca.
Siento que algo cambia dentro de mí, algo que va más allá de la identidad o el deber.
La emoción me ahoga por un instante. Alegría, temor, orgullo, vértigo.
Una sinfonía de sentimientos que mi entrenamiento no me enseñó a controlar.
Cuando el protocolo termina, levanto la vista una última vez. El príncipe me observa todavía, con una curiosidad contenida. No dice nada más, pero su mirada parece atravesar cada capa de mis secretos.
“Si supieras quién soy…” pienso.
“Quizás dejarías de verme como una sombra. O quizás no.”
Mientras me retiro de la sala, el eco de su voz y el peso de su presencia se entrelazan con el murmullo del lago afuera.
Cada paso que doy me recuerda que ya no hay vuelta atrás.
El loto ha florecido.
Y su sombra… ahora pertenece al príncipe.