El lunes a primera hora marché en dirección al despacho de Broderick con una carta de dimisión en la mano. Llamé a la puerta. Broderick dejó de escribir en su ordenador y levantó la cabeza para mirarme. ―¿Sí? El ambiente del despacho se volvió inmóvil y silencioso. ―Tengo que hablar contigo. Las comisuras de los labios se le torcieron hacia abajo. ―De acuerdo, soy todo oídos. Dejé caer la carta sobre su mesa, aliviada de librarme por fin de ella. Broderick jugueteó con el bolígrafo que tenía en la mano. ―¿Qué es? ―Mi carta de dimisión. Echó la cabeza hacia atrás con brusquedad. ―¿Qué? ¿Por qué te vas? ―Porque no puedo seguir trabajando para ti. No me siento cómoda trabajando aquí después de lo que ha pasado entre nosotros. Broderick se puso en pie, sin molestarse siquiera en

