El tórrido, frío viento que entraba por la ventanilla congelaba mis mejillas, iba despeinándome, un rugido de mi estómago reclamaba una ofrenda. Estaba arrepentida por salir de casa sin haber devorado antes un sándwich. Llegaría tarde a clases, aunque quisiera, no podía exceder de los ochenta, en carro no lo soportaría. Era el primer día, y como me lo había dicho Magda, no era diferente a la escuela, salvo que a nadie le importaba si asistías o no. El pupitre que tenía a la derecha permanecía disponible, pero nadie quería ocuparlo, podría tomármelo como algo personal, pero me agradaba. No había hecho amigos y los pocos que se me acercaban, lo hacías para saber quién rayos era, aunque todos ahí éramos nuevos, habían grupitos ya conformados, yo me mantenía apartada de todos, total, eso e

