Cap.2

985 Palabras
La luna ya no alcanza a iluminar el rincón donde me he acurrucado. Mi cuerpo tiembla, huesos finos y delgados que apenas sostienen mi peso –todavía soy una niña, con las caderas estrechas y los hombros pequeños que mi madre siempre decía que iban a llenarse con los años. Pero aquí, en este suelo húmedo y lleno de astillas, no hay tiempo para crecer. Todo en mí duele: mis piernas están marcadas por moretones violáceos que se extienden hasta mis muslos, mis manos están raspadas y sucias, y mi cabeza sigue dando vueltas con la frase que no puedo sacar de mi mente: Matala. Escucho pasos pesados en el pasillo –zapatos de hombre que hacen temblar los tablones del suelo. Se acercan, se detienen frente a la puerta. El crujido del pestillo hace que mi corazón dé un salto tan fuerte que siento que va a salir por mi garganta reseca. Aún no he cumplido los 15 años del todo, mi fiesta estaba para dentro de dos semanas, y nunca he sentido el roce de los labios de alguien más que el beso en la frente de mi mamá. Pero ahora, cuando abre la puerta y entra la luz grisácea del día, entiendo que ya no soy una niña para ellos: soy algo que se puede pesar, medir y vender. —Ya se movió —dice una voz rasposa, y veo la silueta de un hombre grande que tapa casi toda la puerta—. La otra vez pensé que se nos había muerto. Pero la mercancía tiene que llegar entera si queremos el precio completo. Algo golpea el suelo a mi lado con un ruido seco: un trozo de pan duro como roca y una jarra de agua tan fría que el vidrio está empañado. Intento estirar la mano, pero mis músculos se contraen de dolor –llevo días sin moverme como debe ser, sin recibir nada más que migajas y golpes cuando alguien se acuerda de que aún estoy viva. El hombre se agacha cerca de mí, y sus dedos gruesos y llenos de callos tocan mi mejilla con una frialdad que no es del frío del lugar. —Quince años y ya tienes la cara de una mujer —murmura, pasando su pulgar por mi labio seco—. Los clientes van a pagar bien por eso. El jefe dice que eres especial, que te reservó para él antes que para los demás. Se va, dejando la puerta entreabierta. El aire que entra trae consigo olores de humedad, combustible y algo más –hierro oxidado, como si hubiera sangre en alguna parte cercana. Me acuerdo de mi desayuno del último día en casa: mi hermana menor derramando jugo de naranja, mi padre riéndose suavemente, mi mamá poniendo las manos sobre mi cintura delgada y diciendo vas a ser la quinceañera más bonita. Nunca imaginé que en lugar de un vestido blanco y flores, estaría aquí, con la ropa rasgada y sucia, tratando de morder el pan duro con dientes que aún no terminan de crecer del todo. Mientras intento tragar cada pedacito –si no como, no tendré fuerzas para nada– escucho voces fuera en el patio: —¿Cuándo la entregamos? El de rusia ya está esperando su mercancía. —El jefe dice que primero la prueba él. Dice que la vio en la calle hace meses, cuando iba con su madre al mercado. Desde entonces no paraba de hablar de ella. —Es solo una niña, jefe se está volviendo loco. Pero el dinero es bueno... Mi mente se queda en esa frase: la vio hace meses. Ya me estaban siguiendo antes de ese día en la carretera. Mi madre, con su mano siempre firme en la mía, trató de protegerme, y por eso la mataron. Porque yo soy solo un objeto para ellos, un producto que vale más que la vida de una mujer que amaba a su hija. De repente, alguien más entra en la habitación –pasos más ligeros, más cuidadosos. Es un joven más delgado que los demás, con ropa menos ostentosa y ojos que no tienen el brillo frío de los otros. Se arrodilla frente a mí y, con manos que tiemblan un poco, quita la tela sucia que me tapa la boca. Mi lengua está tan reseca que casi no puedo moverla, pero el aire libre en mi garganta se siente como un regalo. —No hables —susurra, su voz es casi inaudible—. Tienen micrófonos en las esquinas. Te traje esto, es todo lo que pude conseguir. Me ofrece un pedazo de tortilla suave y un poco de agua tibia en una taza de barro. Mientras me lo da, sus ojos se fijan en mi cuello delgado, en mis manos pequeñas que tiemblan al tomar la taza, en la manera en que me cubro con los brazos como si eso pudiera protegerme. Hay pena en su mirada, pero también miedo –miedo a que lo vean ayudándome. —El jefe viene por ti en unos dias —dice rápido, antes de taparme la boca de nuevo con cuidado—. No intentes luchar. Él dice que te va a "salvar de tu infierno", pero yo he visto lo que hace con las otras chicas. Son mercancía para él, nada más. Ten cuidado... eres tan joven, no sabes lo que te espera. Se va corriendo, cerrando la puerta hasta dejar solo un rayo de luz. Quedo sola de nuevo, con el sabor de la tortilla en mi boca y la certeza de que no soy una persona para nadie aquí. Soy solo un número, un precio, un objeto que adultos han decidido tomar como suyo –y aún no he dado mi primer beso, ni he podido bailar en mi fiesta de quinceaños, ni he tenido la oportunidad de ser nada más que una niña que quería ser feliz.
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