El aire subterráneo era aún más denso que en el despacho, cargado de humedad y un olor a metal oxidado que se adhirió a la tela de su vestido rojo –el único que le habían dejado, un tejido fino que brillaba bajo la luz débil de los faroles destartalados. El jefe la arrastró por el pasillo de piedra fría, sus dedos apretados con fuerza en su brazo hasta que le dolía hasta los huesos. Lili trató de resistirse, de tirar hacia atrás, pero sus piernas temblaban tanto que apenas podía mantenerse en pie, y el terciopelo rojo se enredaba en sus pies descalzos.
—¡Déjame ir! —gritó con voz rota, mientras las paredes oscuras parecían cerrarse sobre ellas—. ¡Ya te dije que haré lo que quieras, solo déjala en paz! Su rostro, pálido como la nieve que nunca había visto, se enrojeció de vergüenza y miedo, y sus ojos grandes y verdes se llenaron de lágrimas que rodaban por sus mejillas, por su piel suave y virginal.
El jefe se detuvo bruscamente y la giró con violencia para enfrentarla, su rostro distorsionado por una sonrisa malévola que mostraba sus dientes blancos. Al verla así –vestida de rojo como una ofrenda al pecado más ruin , con la piel tan pálida que parecía translúcida bajo la luz tenue– su expresión se volvió aún más depravada.
—Tú no mandas aquí, niña —murmuró, acercándose su cara, hasta sentir su aliento hediondo que mezclaba alcohol y tabaco—. __Mientras mi hermano no cumpla su parte del trato, eres mía para hacer lo que me plazca. Y ahora… me apetece cobrarme mi parte adelantada, esa que dejamos a medios por el imbécil de mi hermano.
Antes de que pudiera reaccionar, él la empujó con fuerza contra la pared de piedra húmeda, haciendo que el aire se le escapara de los pulmones. Una de sus manos se cerró alrededor de su cuello con tanta presión que Lili sintió cómo se le cortaba la respiración, mientras la otra desabrochaba con rudeza los botones del vestido rojo, uno a uno.
El tejido se abrió como una flor rota, dejando al descubierto sus hombros delicados y su pecho cubierto por un sujetador blanco, su piel virginal contrastando con el color intenso de la tela que ahora colgaba de sus hombros.
Sus dedos fríos y ásperos recorrieron su piel pálida, y Lili cerró los ojos con fuerza, soltando un grito ahogado que se perdió en el silencio del pasillo. Intentó sacudirse de encima a aquel hombre cruel, empujándolo con sus manos débiles, pero él era demasiado fuerte, demasiado imponente demasiado grande. Cuando sus uñas le rozaron la mejilla, él la golpeó con la parte trasera de su mano con tanta violencia que la cabeza de Lili chocó contra la pared, haciendo que la oscuridad la envolviera por un instante.
Cuando volvió en sí, el jefe la había arrastrado hasta una superficie fría y dura –una mesa de madera vieja que había en un rincón del pasillo la tenía atada de las manos sobre su cabeza, y los pies a cada extremo de la mesa – y el vestido rojo había sido arrancado por completo, quedando tirado en el suelo como una serpiente roja sin vida. Su cuerpo, pálido y temblando, estaba completamente expuesto al aire húmedo y al mirar fijo y voraz del hombre que se arrodillaba sobre ella.
No hubo piedad en sus movimientos bruscos y violentos. Cada toque era una herida más, cada palabra una maldición que se clavaba en su alma. Lili sintió cómo su cuerpo se contraía de dolor, cómo las lágrimas corrían sin cesar por sus mejillas, mezclándose con el sudor que le escurría por la frente y el polvo de la mesa de madera que se adhirió a su piel. Pensó en Ana, en su sonrisa tierna y sus manos pequeñas que siempre buscaban la suya, y en cómo había prometido protegerla a toda costa. Ese pensamiento fue lo único que la mantuvo con vida mientras el tiempo se detenía en aquel infierno subterráneo, mientras su mundo se reducía al dolor y al deseo de que todo acabara.
Cuando finalmente él dejó de hacerle daño, Lili quedó tendida sobre la mesa, sus sentidos borrosos por la intensidad del sufrimiento. Sus caderas le ardían con cada leve movimiento, sus muslos estaban marcados por moretones, manchados de líquido rojo, que se extendían hasta sus piernas delgadas, y su cuello llevaba los dedales rojos de donde él la había apretado.
La piel de sus hombros y pecho estaba rozada y enrojecida, y cada vez que intentaba moverse, un dolor agudo recorría su cuerpo entero –como si miles de agujas se le clavaran en la carne a la vez.
El jefe se levantó, se ajustó la ropa y la arrastró hasta una celda aún más oscura –un espacio pequeño y húmedo, con solo un trozo de tela sucia en el suelo para servir de cama. Antes de cerrar la puerta con llave, le arrojó el vestido rojo, que cayó sobre ella en un montón de tejido rasgado y sucio. Lo había comprado para ella, decía él, como una "prenda de propiedad" –y ahora el color intenso le recordaba solo a la sangre y al dolor que había causado.
Lili tardó mucho en poder moverse. Con esfuerzo, se colocó sentada contra la pared de piedra fría, que le robaba el poco calor que quedaba en su cuerpo. Sus dedos temblorosos buscaron el vestido, aunque cada fibra de su ser lo odiara –era lo único que tenía para cubrir su débil cuerpo. El terciopelo aún conservaba algo de su brillo original, a pesar de los rasgones que cruzaban la tela y las manchas de polvo, tierra y sangre que lo manchaban. Se lo envolvió alrededor de sí misma con repugnancia, pegando la tela contra su piel dolorida –el contacto frío del tejido era un contraste extraño contra el ardor de sus heridas, pero no tenía otra opción.
Mientras el dolor y el frío la sacudía en oleadas que hacían temblar hasta los huesos, Lili cerró los ojos y se aferró con todas sus fuerzas a los recuerdos de sus días felices.
Recordó el sabor de las galletas de canela que preparaba con Ana los domingos por la mañana, el olor a vainilla que llenaba su casa antigua, la risa contagiosa de su hermana cuando le contaba chistes tontos que había oído en la escuela. Recordó cómo se abrazaban las dos en la cama cuando hacía frío, cómo Ana le pedía que le contara cuentos hasta que se quedara dormida.
Cada recuerdo era un faro en la oscuridad de la celda, un motivo para no rendirse. Su cuerpo dolía como nunca antes, cada músculo reclamaba descanso, y su alma estaba hecha añicos… mientras el vestido rojo –regalo de su agresor, prenda que lo odiaba con todas sus fuerzas– era lo único que la cubría, el único objeto que tenía en aquel lugar de desgracia. La tela rasgada era un recordatorio constante de su sufrimiento, pero también la única barrera entre ella y la crueldad del mundo que la rodeaba.