Está anocheciendo y, a pesar del bochorno que hace, me siento tiritar. Han sido muchas cosas las que he aprendido hoy, más de lo que hubiera querido. Por mucho que clamara por respuestas, era feliz siendo ignorante. Nos encontramos en casa de Tom. Los hombres de Basil lo secuestraron de allí esta mañana, así que ya la conocían. “No hay necesidad de mostrarles dónde vives tú”, me dijo con un guiño. El anciano está atareado en el fogón, haciendo en una sartén unos espárragos y unas berenjenas salteadas con champiñones. Algo para quitar el gusanillo, sólo que en mí, más que gusano es un tiburón. Yo me siento a la mesa de la cocina, llenándome el vaso de la botella de Bourbon que el viejo ha sacado de uno de los armarios. — ¿De verdad eres… un demonio? –me pregunta suavemente, dándole una úl

