Que el doce significaba finalización no se discutía. Ambas conocían la simbología. Aparte de los imanes, los apóstoles y las tribus, lo que les interesaba a cada una, madre e hija a su vez, eran los doce signos del zodíaco y las doce notas de la escala cromática. Sin embargo, todas las cosas terminaban en doce y Harriet se sentía mal dispuesta hacia la contención que el número implicaba. Como si a través de él, el cosmos hubiera alcanzado su límite de emanación y, debidamente saciado, hubiera excluido el trece, un número condenado a existir para siempre como un mero doce más uno. Su mirada se deslizó de la pianola a su regazo, de un relajante verde oscuro, y descubrió que era capaz de liberarse de sus cavilaciones, al menos por un breve instante. Harriet Brassington-Smythe era propensa a

