—Bien, ¿se ha tranquilizado tu espíritu? —preguntó Shirley—. ¿Consentirás en quedarte en casa? —No la abandonaré si lo desaprueban mis amigas —fue la respuesta—, pero creo que con el tiempo se verán obligadas a pensar igual que yo. Durante esta conversación, la señora Pryor parecía lejos de sentirse a gusto. Su extremada reserva habitual muy raras veces le permitía hablar con libertad o interrogar a los demás detenidamente. Se le ocurrían multitud de preguntas que no se atrevía a hacer jamás; mentalmente daba consejos que su lengua no pronunciaba. De haber estado a solas con Caroline, posiblemente habría dicho algo sobre aquel asunto; la presencia de la señorita Keeldar, aun estando acostumbrada a ella, selló sus labios. Entonces, como en un millar de ocasiones parejas, inexplicables esc

