ROMA, CAPITAL DEL IMPERIO Un hombre encendió un par de velas aquella noche. Sus ojos observaron la enorme estatua de Marte y después se arrodilló en el suelo. Su frente se apegó al mármol mientras dejaba escapar un par de lágrimas que ocultó con la penumbra de la noche. Cerró sus ojos con fuerza y evitó recordar las líneas que redactó en su carta que esperaba, llegara a Judea para su esposa e hijas. El destino le estaba alcanzando y ya no existía una manera de huir de él. Aurelius se culpaba a sí mismo. Si hubiera abierto los ojos se habría dado cuenta de que la serpiente venenosa que amenazaba con meterse en la cama del César, pero no lo hizo, fue ciego y por ello un gran hombre murió y una familia respetable estaba huyendo. El nacimiento de la semilla de la guerra pudo ser evitado,

