Valeria El amanecer de Palermo era un lienzo gris, el sol luchando por romper la cortina de nubes que colgaban bajas sobre la ciudad, como si el cielo mismo dudara de dar un nuevo día. Me desperté en la casita que Mateo y yo compartíamos en las afueras, el aroma del café guatemalteco filtrándose desde la cocina, un ritual que había convertido en nuestra rutina desde que dejamos atrás el almacén y la muerte de Salvatore. El marcapáginas de cuero descansaba en la mesita de noche, las letras doradas de Qui custodiet te, nunquam dormit brillando bajo la luz tenue que entraba por la ventana. “Quien te protege, nunca duerme.” Las palabras eran un eco de su promesa, un juramento que había sellado con un beso bajo la lluvia, pero ahora, cuatro meses después, se sentían como una carga, un recordat

