Valeria La lluvia seguía cayendo, un tamborileo implacable que se mezclaba con el eco de mis pasos chapoteando en los charcos de la calle. El aire frío mordía mi piel a través del uniforme empapado, el aroma del hospital —antiséptico y pólvora— aún aferrado a mi ropa como un recuerdo del asalto que había roto mi mundo. La ciudad estaba envuelta en una niebla gris, los faros de los autos cortando la penumbra como cuchillos, y cada esquina parecía esconder una sombra, un eco del hombre que había dejado atrás en el coche. Mateo Bianchi. No Enzo, no el extraño de sonrisas ladeadas y cafés guatemaltecos, sino Mateo, un nombre que pesaba como el metal de la pistola que había rozado en su abrigo, un nombre que resonaba con los titulares que había leído: Hombre de negocios sospechoso en Palermo,

