El hospital estaba en silencio ahora, un silencio roto solo por el murmullo de los investigadores y el eco distante de una camilla en un pasillo lejano. La luz de los fluorescentes parecía más fría, proyectando sombras largas que se alargaban como dedos sobre el linóleo desgastado. Valeria estaba sentada en una silla de plástico en la sala de espera, el uniforme manchado de sangre seca, la herida en la frente palpitando con cada latido de su corazón. Sus manos temblaban ligeramente, todavía aferrando el borde de la silla como si necesitara anclarse al mundo real. El caos del asalto había terminado, los encapuchados reducidos por el equipo táctico que había irrumpido como una tormenta, pero el miedo seguía en el aire, un olor acre que se mezclaba con el antiséptico y la pólvora. Y en medio

