Me levanté de encima suya y me di la vuelta, volviendo a sentarme sobre las caderas de Álvaro, pero esta vez de cara a él. Me metí de nuevo su polla y reanudé las penetraciones. En cuanto estuvo dentro de mí, volvió a dar empellones contra mis caderas. Mis rodillas apenas se apoyaban sobre la madera de la mesa, estando completamente sobre él. Mis gemidos salían por sí solos, pero seguía necesitando más. Me eché sobre su pecho, llevando mi boca directamente hasta sus pezones. Se los mordisqueé suavemente, disfrutando del grave quejido que soltó cuando mis dientes torturaron su pezón izquierdo. Hice lo mismo con el derecho, lo que ocasionó que mis caderas fueran aún más asaltadas. Jamás había cabalgado de esta manera a nadie. Con cada empujón en mi interior sentía que me llegaba hasta el est

