La oscuridad de la habitación de Vero no era una aliada, sino un lienzo donde sus fantasías más sucias y perturbadoras se proyectaban con una claridad obscena. Era la una de la mañana y el silencio solo servía para amplificar el latido sordo de su corazón y el roce de sus muslos contra las sábanas. Intentó pensar en Pablo. Se obligó a visualizar su rostro, su sonrisa tranquila, la forma segura y predecible en que la miraba. Pero Pablo era una sombra desdibujada, un placebo que ya no surtía efecto. El calor que sentía entre sus piernas no era por él; era un fuego alimentado por una memoria mucho más peligrosa. Su mente, traicionera y febril, retrocedió hasta la tarde del martes, al café ruidoso donde se había citado con Lorena. —Me tiene harta, Lore —le había confesado Vero, apretando la

