El motor de mi coche ruge bajo la presión de mi pie derecho. Es un sonido metálico, constante, que apenas logra silenciar los latidos violentos que me golpean las sienes. Acabo de salir de la casa de Ricardo, y el aire nocturno que entra por la ventanilla medio bajada no es suficiente para enfriar el incendio que Elena ha desatado en mi sangre. Mis manos se aferran al cuero del volante; todavía las siento cargadas con la electricidad de su piel suave y de esa resistencia suya, tan inútil como excitante. Noto el rastro de su sudor, de sus jugos y de ese miedo que se ha quedado pegado a mis dedos como un barniz invisible pero abrasador. Es una marca de propiedad. Lo que mi amigo cree suyo, ahora me pertenece a mí. Me llevo la mano derecha a la nariz mientras cruzo la avenida desierta e inha

