El silencio en la casa de Pablo era absoluto, roto solo por el zumbido lejano del aire acondicionado y el latido desbocado de su propio corazón. Pero dentro de su habitación, el aire vibraba con una electricidad estática que amenazaba con incendiar las sábanas. La foto de la Coach Verónica en lencería negra había sido el detonante final; ya no había marcha atrás, ni lugar para la vergüenza, ni espacio para los mensajes de texto. La urgencia de escucharse, de verse en tiempo real mientras cruzaban la última frontera de la decencia, se volvió una necesidad física. El teléfono de Pablo vibró. La solicitud de videollamada apareció en pantalla. Con los dedos húmedos de sudor y deseo, aceptó. Al principio, la imagen se vio borrosa, pero pronto se enfocó. Ahí estaba ella. Verónica no se ocultab

