capitulo 2

923 Palabras
En las garras de la oscuridad Clara despertó lentamente, su mente atrapada entre la confusión y el miedo. Lo primero que sintió fue la suavidad de las sábanas debajo de su cuerpo, un contraste absoluto con el frío pavimento de las calles que había dejado atrás. Su cuerpo se sentía pesado, como si aún estuviera atrapado en el ritmo hipnótico de la música que había llenado el club. Abrió los ojos y se encontró en una habitación oscura, iluminada únicamente por la luz de una chimenea que proyectaba sombras danzantes sobre las paredes de piedra. Era un lugar elegante, pero también frío, como si cada rincón guardara secretos que no debían ser descubiertos. Intentó incorporarse, pero un dolor en su costado la obligó a detenerse. Al bajar la mirada, vio que alguien había envuelto su torso con un vendaje limpio. Su mente intentó recordar qué había sucedido, pero todo era un borrón. La música, las luces, esos ojos penetrantes que la habían observado... —Estás despierta. La voz grave la sobresaltó. Al girar la cabeza, vio a Aidan apoyado contra la pared, sus brazos cruzados sobre su pecho, sus tatuajes oscuros y marcados resaltando bajo la luz del fuego. La forma en que la miraba era desconcertante: intensa, como si estuviera evaluándola, pero también con una chispa de algo más profundo que ella no podía identificar. —¿Dónde estoy? —preguntó Clara, su voz apenas un susurro. —En nuestra casa —respondió él sin moverse. Su tono era directo, casi brusco—. Te desmayaste en el club. No podíamos dejarte allí. Clara sintió que su corazón se aceleraba. ¿Nuestra? ¿Quiénes eran ellos? —No entiendo... —comenzó, pero su voz se apagó cuando una segunda figura apareció en la puerta. Era Kael, con su eterna sonrisa burlona, como si siempre estuviera al borde de una broma cruel. —Oh, está despierta. Qué sorpresa. Pensé que habías decidido dormir para siempre —dijo Kael, caminando hacia ella con una gracia casi felina. Sus ojos azules brillaban con un peligro juguetón, pero Clara sintió que su piel se erizaba al instante. —Kael, no la asustes —gruñó Aidan, su tono lleno de advertencia. —¿Asustarla? Vamos, hermano, no hemos hecho nada... todavía —respondió Kael, sus labios curvándose en una sonrisa que hizo que Clara quisiera desaparecer. Antes de que pudiera decir algo más, otra voz resonó desde el pasillo, esta vez más tranquila, más profunda. —¿Qué está pasando aquí? Draven entró en la habitación, su mirada gris pasando de Kael a Clara. Había algo en su presencia que era diferente a la de los otros dos: no intentaba intimidarla, pero su silencio y su calma parecían igual de peligrosos. —Ella necesita descansar —dijo Draven, dirigiéndose a Aidan. —Lo sé —respondió Aidan, su mirada fija en Clara. Clara sintió que su cabeza daba vueltas. Estaba rodeada por hombres que no eran normales. Había algo en ellos, algo más allá de su fuerza y su apariencia perfecta. Algo oscuro. —¿Quiénes son ustedes? —preguntó, intentando sonar más valiente de lo que se sentía. Aidan intercambió una mirada con sus hermanos antes de responder. —Somos... algo que no deberías haber conocido, Clara. Pero ahora que estás aquí, no podemos dejarte ir. Las palabras cayeron como una sentencia, y Clara sintió un nudo formarse en su estómago. —¿Por qué? —preguntó, su voz temblorosa. Kael se acercó un paso más, inclinándose hacia ella hasta que sus rostros estuvieron a pocos centímetros de distancia. —Porque, pequeña, entraste en nuestro mundo. Y aquí, nadie sale sin pagar un precio. En otro lugar de la mansión Lysander estaba en su estudio, lejos del caos del cuarto de Clara. La energía que ella había traído consigo lo perturbaba de una forma que no podía explicar. Había algo en su esencia, en la forma en que su fragilidad contrastaba con su espíritu, que lo hacía sentir... humano, algo que había enterrado siglos atrás. Pero sabía que no podían mantenerla allí. Era peligrosa, no para ellos, sino para sí misma. La casa, sus secretos, y lo que ellos eran, terminarían por destruirla. Sin embargo, algo dentro de él se resistía a dejarla ir. Cuando Draven entró en el estudio, Lysander levantó la vista. —¿Qué opinas de ella? —preguntó Lysander, su tono neutral, aunque su mirada estaba cargada de dudas. —Es diferente —respondió Draven, sentándose frente a él—. Aidan está perdiendo el control, Kael la ve como un juguete, y tú... bueno, tú nunca permites que nadie entre en tu vida. Lysander no respondió. Solo miró hacia la ventana, hacia la tormenta que rugía afuera. —Será nuestro fin —dijo finalmente, en voz baja. Draven lo observó con cuidado antes de asentir. —O nuestra salvación. De vuelta en la habitación Clara intentó levantarse, pero Aidan la detuvo con una mano firme pero cuidadosa. —No deberías esforzarte. Estás débil. —No puedo quedarme aquí —insistió ella, ignorando el calor que su toque dejaba en su piel—. No los conozco, no sé quiénes son ni qué quieren de mí. Aidan la miró fijamente, su mandíbula apretada. —Nosotros tampoco sabemos qué queremos de ti, Clara. Pero hay algo en ti que no podemos ignorar. Algo... que no deberías poseer. Antes de que pudiera preguntar qué significaba eso, las luces parpadearon, y Clara sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Algo estaba terriblemente mal en esa casa.
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