Camino unos metros y cuando giro en la esquina los pierdo de vista. No escucho los gritos, ni a la gente hablando sobre las razones del altercado. Solo queda el silencio de una ciudad que nunca duerme y mi estado de ánimo por el suelo. Llego a la avenida principal cuando mi teléfono comienza a sonar descontroladamente, ni siquiera quiero mirarlo, pero pienso en Sofi y mi hermano y decido que, aunque sea, una llamada debo tomar. — ¿Dónde te metiste? —pregunta Michael al otro lado de la línea. Sonrío exasperada y la acidez de mis palabras queman mi garganta. — ¿Te diste cuenta de que ya no estaba? —murmuro abrazando mi cuerpo para protegerme del viento. A pesar de ser verano, a esta hora el viento sopla gélido sobre mi piel desnuda y la piel de gallina brota en mis piernas.

