La lluvia no ha parado de caer un segundo en toda la noche, y mientras nos recostamos en el sofá de mi oficina, el sonido de las gotas contra la ventana es una melodía rítmica y tranquilizadora. Tengo mil preguntas para Elena, pero no voy a expresar ninguna en voz alta. Le dije que le daría tiempo y que le permitiría ser quien tome la iniciativa de contarme sobre los demonios que la atormentan, y mantendré mi palabra, así me esté matando la necesidad de saberlo todo en este momento. —¿Quién toca el piano? —pregunta de un momento para otro, su voz suave, más no adormilada. Después del acalorado e intenso momento que compartimos hace un rato sobre el escritorio, creí que se quedaría dormida al instante, pero la pesadilla que la trajo a mi oficina debió de ser grave, porque ni siquier

