NORA
El ruido del teléfono me tenía harta. Lo apagué con fastidio y, cuando vi la hora, me dieron ganas de tirar el celular por la ventana: las siete. Me levanté arrastrando los pies, con el cuerpo medio adolorido, y fui rumbo al baño. Pero antes de llegar, el recuerdo me golpeó de frente.
La noche pasada.
Volteé de golpe hacia la cama. Vacía. Ni rastro del tipo. Claro que ya se había largado.
—Qué típico de ti —murmuré y seguí mi camino al baño.
Después de ducharme y vestirme, pedí un taxi. Encendí el celular cuando ya estaba cerca de casa. Y sí, como imaginaba, una pila de mensajes:
—¿Dónde estás? —mi hermana.
—Estoy por irme, ¿te espero? —otra vez ella.
—Hablé con Bryan. Me dijo que no estás con él —de nuevo.
—Llamó Sofía, ¿dónde mierda estás? —mi amor.
—Bryan llamó. Le dije que estabas conmigo. Deja de hacerme quedar mal. Llámame YA—Vale.
—Bryan dice que estás con Vale. Casi me da un paro. Mañana hablamos —mi hermana.
Llamé directo a Valeria. Contestó al quinto tono.
—Hola.
—Ey, Vale. Buenos días.
—¿Dónde mierda estabas anoche?
—Con un tipo.
—¿Cómo? ¿Con un tipo? No me digas… ¿me estás diciendo que por fin lo hiciste?
—Sí. Pasó. ¿Cómo viste a Bryan? ¿Enojado?
—¿No me puedes explicar bien qué carajo pasó? —me dijo.
—Te lo cuento en persona. ¿Nos vemos hoy?
—Claro. Me muero por saber.
—No, puedes esperar. Y vas a esperar. ¿Bryan se enojó?
—No, no se enojó. Pero cuando se entere lo que hiciste... Va a explotar. ¿Y cómo estuvo?
—Una locura. Demasiado bueno. Me dejó… —el chofer me dedicó una mirada por el retrovisor que me cortó la inspiración.
—¿Te dejó qué? —siguió Valeria.
—No importa, te lo cuento en la noche. Tengo que colgar.
—Está bien. Nos vemos.
—Nos vemos, Vale.
Cuando llegué, me escabullí directo a mi cuarto. No estaba para interrogatorios ni sermones de mi hermana. Me tiré en la cama, todavía con la sensación de lo que había pasado.
—Si… anoche fue un fuego.
Agarro un espejito de mano, me recuesto con las piernas abiertas y lo pongo justo frente a mi pan0cha. Todavía está colorada, sensible, como si me la hubieran estado f0llando hace un rato.
Con la otra mano abro los labios, despacito, y meto un dedo adentro. Húmedo. Tibio. Empiezo a moverlo despacio, pero me falta roce, así que meto otro dedo más. Me los empujo adentro mientras miro en el espejo cómo entran y salen. Me calienta verme así.
Cuando saco los dedos, los tengo empapados. Me los llevo a la boca y me chupo el jugo sin pensar. Entonces llevo la mano directo a mi clít0ris, que está durito, pidiendo atención.
Empiezo a frotarlo suave, en círculos, sintiendo cómo la tensión me sube como una ola. Estaba a punto de venirme, a nada de estallar, cuando alguien me llama.
—¡Nora! —escuché que gritaban desde afuera de la puerta.
—Mi3rda… —bufé bajito y me tapé a toda velocidad con la sábana.
—¡Nora! —otra vez el grito, más cerca—. No me digas que sigues durmiendo.
Sentí cómo la puerta empezaba a abrirse sin aviso.
—¡Para, Sofía! ¡Golpea antes de entrar, por favor! —le dije medio dormida, con los ojos todavía pegados.
—No me vengas con eso, cuando ni siquiera me avisaste que no ibas a volver conmigo anoche.
—Pensé que lo había hecho… si no, perdón. Igual sabías que no tenía muchas ganas de ir a esa tontería.
—Eso no fue lo que me dijiste. Tu dijiste que querías tomarte algo, y por eso fuimos.
Sí, le dije exactamente eso. Que quería algo tranquilo. Y fue así… hasta que me crucé con ese tipo sin nombre en el bar, charlamos un rato y terminé f0llando con él.
—Lo que dije fue que no estaba para la fiesta, que iba a tomar algo nada mas —repliqué, prefiriendo que se sintiera confundida antes que contarle la verdad.
—¿Y tomaste algo en la casa de Valeria? —me preguntó clavándome los ojos.
—Ni tomé nada. Me aburrí y me fui —le respondí seca.
—Casi me haces explotar el corazón, Nora.
—No era mi intención, Sofi. Perdón en serio.
—Ya estuvo. Me tengo que ir al trabajo. Pero deja la casa limpia y acuerdate de darle de comer a Nala.
Así era la cosa cuando no tenías trabajo: terminabas siendo la mucama, la cocinera y la que se encargaba de la perra.
Y sí, “Nala” era nuestra perra. Yo la odiaba. Sofía lo sabía y aún así siempre me encajaba la tarea de alimentarla.
La vi subirse al taxi y apenas se fue, volví directo a la cama. Agarré el celular y marqué a Bryan.
—Hola —contestó él al instante.
—Hola. Perdón por lo de anoche, te asusté, ¿no?
—Un poco sí. Pensé que te había pasado algo.
—No fue a propósito. De verdad.
—Bueno... ¿Cómo estuvo tu noche?
—Muy buena —respondí sin pensar.
—Hablas raro… ¿todo bien?
—Sí, todo bien. Creo que hoy estoy feliz.
—Ok. Me tengo que ir. ¿Nos vemos esta noche?
—No. Hoy no.
—¿Por qué?
—Porque quedé con Valeria. Voy a dormir en su casa.
—¿No estuviste con ella anoche?
—Sí... pero hoy tenemos que vernos por otras cosas.
—Te noto distinta.
—No pasa nada, en serio.
—Bueno… hablamos después. Te amo.
—Vale.
Le corté sin devolverle el “te amo”. Primera vez que lo hacía. Pero después de lo que pasó anoche, no sentía que se lo mereciera.
Encendí los datos para revisar los mails y, mientras cargaba, me salió rezar como quien se juega el todo por el todo:
—Por favor... que sea una buena noticia. Por favor…
Llevaba dos meses yendo a entrevistas desde que me recibí, y hasta ahora, puro rechazo. Me quedaban solo dos empresas que todavía no habían dicho nada.
Cuando vi el nombre de una en la bandeja de entrada, abrí el mensaje sin respirar.
Estimada señorita Delgado:
Le informamos que no ha sido seleccionada para...
Ni terminé de leer. Apagué el teléfono con enojo y me levanté de la cama directo a servirme un plato de cereales.
—Nora, no puedes morirte de hambre solo por estar desempleada —me dije en voz alta mientras me metia la primera cucharada.
Fui al patio a darle de comer a la perra y después me tiré en el sillón a ver una película.
¡Ding!
Pausé la película. Esperé un segundo.
¡Ding!
Eran las cuatro de la tarde. Sofía no volvía hasta las cinco y pico. Agarré el florero del centro de mesa, por las dudas, y me acerqué despacio a la puerta.
Espié por la mirilla y cuando vi quién era, suspiré aliviada.
Respiré hondo... y abrí.