NORA Marco salió del lugar como diez minutos después, con la cara más pálida que nunca. Nos subimos al carro y el silencio entre los dos se volvió insoportable. No dijo ni una palabra en todo el camino. —¿Estás bien? —le pregunté por décima vez mientras lo veía moverse sin parar en la cama. No respondió. —¿Quieres que te traiga algo? Ni me puso mente. Se paró de la cama de golpe y fue él quien me preguntó si quería algo de tomar, sin esperar que le contestara. Cinco minutos después bajé con él y me serví una copa de vino. Nos sentamos, y ya iba por la tercera cuando dije: —Esa tipa se llama Kimberly. —No te lo pregunté. —Ya sé. Solo quiero que lo sepas —dijo mientras se servía otra. —Es amiga mía desde pequeños. Literal, la conozco de toda la vida. Pero desde hace rato tenemos algo

