Epílogo

1740 Palabras

Mikhail Nunca pensé que algo tan pequeño pudiera cambiarlo todo. Cuando la doctora pronunció aquellas palabras — “es una niña”— sentí que el aire se me escapaba del pecho. Era como si mi corazón hubiera aprendido un nuevo ritmo, uno más suave, más tierno, más humano. —¿Una niña? —repetí casi sin aliento, mirando la pantalla donde apenas podía distinguir su diminuto perfil. Mi niña, nuestra niña, mi Malýshka Sofía me miraba con lágrimas en los ojos, y no supe si abrazarla o arrodillarme ante ella por darme el regalo más grande del mundo. Besé su frente, la mejilla, los dedos… no podía detenerme, tenía la sensación de que, si dejaba de tocarla, el momento desaparecería. El sonido de los latidos retumbaba en el consultorio, y me quedé grabando esa melodía en mi mente. Esa noche fuim

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