Entró Nicolás de la calle y preguntado por doña Lupe, dijo que venía de casa del basilisco. Aquel día se mostró más satisfecho, llegando a asegurar que su catecúmena comprendía bien las cosas de religión, y que en lo moral parecía ser de buena madera, con lo que llegó a su colmo la curiosidad de la viuda y ya no le fue posible sostener por más tiempo el papel desdeñoso que representaba. «Tanto te empeñarás—dijo al estudiante aquella noche—, que al fin lo vas a conseguir». —¿Qué, tía?—Que vaya yo en persona a ver a esa... Pero conste que si voy es contra mi voluntad. Maximiliano, que era bondadoso y quería estar bien con ella, no quiso manifestarle indiferencia. «Pues sí, tía, si usted va a verla, se lo agradeceremos toda nuestra vida». —Ninguna falta me hacen vuestros agradecimientos,

