Capitulo 2.

1542 Palabras
Capítulo 2. En la gran mansión Artimedez, las empleadas de servicio se preparaban para recibir a la novia. Todo estaba listo, y no había palabra alguna que pudiera retrasar esa unión privada. En el gran jardín de la mansión se reunían los familiares más allegados, mientras que la novia luchaba por escapar sin éxito. Ismael, el mayordomo de la gran familia, le explica la situación. Clara, al saber que esa familia tiene a sus hermanos, lo ve como una oportunidad para encontrarlos y escapar juntos, pero sus planes se frustran cuando nota que no están en el lugar. Apenas puede ver a los presentes al pasar, intenta escapar, pero es detenida nuevamente por los hombres de seguridad. — No grites. Camina en silencio si quieres que tus hermanos estén bien. — La mujer a su lado le habla de manera amenazante. Su mirada es fría, y sus ojos color café se clavan en ella, causándole una sensación incómoda. Claramente, aquello era una amenaza. — Si se atreven a tocarlos, los voy a matar a todos. — Silencio. ¿Acaso no lo entiendes? La posición en la que estás no te favorece. Ellos ya no son tus hermanos. Tanto tú como ellos pertenecen a la familia Artimedez. — Eso no es cierto. En cuanto pueda, llamaré a la policía. — Ahí está el teléfono, llama. Verás que nadie vendrá, pues tu abuelo firmó documentos importantes. Te han vendido, niña. Ahora debes hacer lo que se te ordena, o tus hermanos pagarán las consecuencias. Tienes mucha suerte, mocosa, no tienes idea de cuánto. Sus palabras no entran en la mente de Clara, puesto que sus pensamientos están en otro lado. Al verla más calmada, la llevan a la bañera, la ayudan a asearse y arreglarse. Su suegra ha escogido un bonito vestido blanco con diamantes para ella. No es una boda por todo lo alto, pero hicieron lo posible por conseguir todo lo mejor. Mientras las sirvientas la ayudan a cambiarse, Clara observa el lugar con detalle, se fija en cada rincón. Busca una salida, la cual no encuentra más que la entrada por la que llegó, y esta está custodiada por hombres de seguridad. Su corazón empieza a latir fuertemente cuando la mujer baja su velo. — Está lista, vamos. Los hombres de seguridad regresan, y Clara se niega a moverse. Grita, llamando la atención de Balton, quien aparece azotando su bastón contra la fina madera, lo que causa un estruendo y calma la escena. — ¡SILENCIO! — Clara se voltea en su dirección, rogando que no sea el hombre con el que piensan casarla —. Tú, jovencita, acércate. — Clara no se mueve de su lugar —. ¿Acaso no has escuchado lo que te ordené? Acércate. Clara lo detalla: un hombre robusto de unos ochenta y cinco años, tez clara, ojos verdes oscuros, nariz respingada, de gran carácter y presencia, que la hace doblegarse ante sus pasos hacia ella. — Aléjese de mí — ordena con firmeza. — Aquí tú no mandas, aquí las reglas las pongo yo. Así que, por tu bien, toma mi brazo y sígueme. Quiero salir de esto de una vez por todas. — No pienso hacer lo que usted quiera, no es mi dueño. — Te equivocas, tengo un documento que comprueba que eres mía. Así que, por tu bien, haz lo que te ordeno. La toma del brazo y Clara se tensa. Intenta alejarse y los hombres de seguridad se aproximan, siendo detenidos por Balton, quien levanta su bastón, frenando sus movimientos. Él se mueve, llevándola con él. Clara apenas puede reaccionar, no tiene salida, no hay escapatoria más que el altar frente a ella. Hay muchos presentes con una decoración sencilla, en un bonito dorado y rojo, todo bien organizado. Y sobre todo, su mirada se posa en el hombre que está en el altar. Mira al hombre a su lado y se sorprende. — Así es, no es conmigo con quien te casas. Camina — ordena nuevamente el hombre apretando su brazo. Un encuentro incómodo entre dos almas destrozadas, listas para unirse en matrimonio. El dolor y la pena los agobian. De manera temblorosa, ella toma la mano que la recibe y la aprieta ante sus movimientos para ayudarla a llegar a su nivel. — Bendigo su unión y que de ella renazcan muchos frutos. Sin respuesta alguna, Balton se va, dejando a Clara con la vista más intensa que ha tenido desde que llegó: la presencia de su futuro esposo. Un hombre que, al igual que su abuelo, mide 1,70 m, de tez clara, caucásico, de ojos verdes oscuros, nariz respingada y barba muy fina, pero notable. Un hombre tan guapo que llama su atención, aunque su mente no se desvía de su objetivo. — Bien, podemos comenzar. Los novios, acérquense — El juez los llama y Daemon se mueve, guiándola a su encuentro. Clara observa a Balton, teme que ese hombre les haga algo a sus hermanos. Se siente atada y teme hacer algo que pueda lastimarlos. Está tan concentrada en sus pensamientos que no presta atención a las palabras del juez, quien repite nuevamente la pregunta. — Clara Baltonen… — Ella levanta su mirada al saber que le han cambiado el apellido —. ¿Acepta usted como esposo al señor Daemon Artimedez? Clara fija su mirada en el hombre frente a ella y luego en el juez. — Ese no es mi apellido — expresa débilmente, casi en susurros. — ¿Qué dice? — Ese no es mi apellido — repite nuevamente en voz alta. — Creo que hay un error, joven, pues su acta de nacimiento dice lo contrario. — Déjeme ver — Le arrebata el documento de las manos. Daemon lo sabe, pues su madre se lo informó, sin embargo, hace caso omiso; de cualquier forma, ambos están atados a esta unión —. Imposible — replica con seriedad, mirando al hombre mayor que, con solo su mirada fría, los pone a temblar a ambos. Sí, claramente su poder le permite hacer lo que le viene en gana. El abuelo no quería que su nieto emparentara con una mujer de baja clase, su apellido tenía que ser de renombre. Por ello, movió sus influencias para cambiar su apellido a uno más refinado, convirtiéndola en pariente del esposo de una de sus sobrinas, quien no pudo negarse ante los negocios que tienen juntos. No hay nada que el poder y el dinero no puedan lograr. Ni siquiera su futuro esposo puede negarse a esta unión. Es un gran acuerdo para ambos, una solución a todos sus problemas que no afectaría a nadie, lo liberaría de esta carga por un tiempo. Para él, ella es solo una niña, una que no deja de mirar al hombre que con solo sacar su celular la pone nerviosa. — ¿Podemos continuar? — pregunta el juez, y ella asiente, entregándole el documento nuevamente —. Bien, continuemos, ¿acepta usted como esposo al señor Daemon Artimedez? — Acepto — responde sin más, observando cómo su respuesta obliga al hombre mayor a guardar su celular. Firma el documento y le coloca el anillo a Daemon como sello de su unión. — Daemon Artimedez, ¿acepta por esposa a la joven Clara Baltonen? — Acepto — responde sin más, firmando el documento y colocando el anillo en los delgados y temblorosos dedos de Clara. — Por el poder que me confiere la ley, los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia. Daemon levanta su velo, quedando impactado por la belleza de Clara. Una joven de 1,65 m de alto, tez clara, cabello castaño, ojos marrones y nariz respingada, con una mirada inquietante. Ella lo mira; sus ojos rojos demuestran lo mucho que ha llorado. Él se acerca a ella, dejando un corto beso en su mejilla. Los aplausos se sienten. La pareja se mira a los ojos. Daemon toma su mano temblorosa, lo que la asusta, y la guía por en medio de todos hacia la recepción. Una corta comida, no como en las tradiciones anteriores, sino algo más sencillo. Una comida en silencio y un brindis que no podrán olvidar. — Feliz por los presentes, amigos y conocidos que se encuentran en este memorable momento. Hoy no solo cumplo uno de mis mayores sueños, sino que también me gano una nueva hija, con la esperanza de que pronto me den muchos nietos. Quiero que la familia crezca, estoy seguro de que esta unión será sin duda la salvación de nuestra familia. Clara nos dará nietos legítimos, ¡salud por ello! — Salud — responden todos al unísono. Daemon y Clara se llevan la copa a los labios, dando un corto sorbo de ellas. No se hablan, apenas se miran, pero cada gesto de él llama su atención, como la manera en que coloca comida en su plato. — Come — ordena, siendo la primera palabra que sale de sus labios en privado y que la asusta. — No tengo hambre. — Come. No quieres hacerlo molestar — Clara levanta su mirada, fijándose en el hombre mayor que la observa —. No es el lugar ni el momento, solo haz lo que te digo y todo saldrá bien.
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