La casa era enorme, no tan grande como la de Andrew, pero podría llegar a serlo en caso de que la madre de Kate supiera administrar su dinero. El interior era blanco, los detalles grises le daban un aire de elegancia, tal y como Katherine recordaba su primer hogar, aquel que ahora se encontraba reducido a cenizas. Los muebles del color de la madera de pino eran demasiado lujosos como para que Kate los dejara pasar desapercibidos. Todo era hermoso. Enormes y pesadas cortinas pendían desde lo alto de las ventanas, las cuales eran grandes y traslúcidas para dejar pasar los rayos del sol debido a la enfermedad de su madre. El aroma, aquel aroma a pan recién horneado salía de la cocina para invadir cada rincón de la casa. ―¿Mamá? ―llamó Katherine para que ella saliera de donde se encontrara;

