A la mañana siguiente cuando el sol estaba en su máximo punto Xanthe sintió a Aeschylus tensarse a su lado, sabía lo que vendría a continuación sin embargo no por ello dejaba de sentir los nervios atorrantes que la envolvían pero aquello no impediría para lo que había ido.
Tal y como pensaba el ejercito espartano se acercaba a paso firme con las lanzas alzadas a la vez que cada hombre sostenía un pesado Dyplon que cubría casi todo sus cuerpos. Ella sintió un sudor frío recorrerla de pies a cabeza, todos conocían el entrenamiento de los espartanos y bien sabía que eran bestiales.
Con un grito de guerra la batalla estalló, los hoplitas espartanos se lanzaron a por los macedonios blandiendo filosas espadas y otros las lanzas. Xanthe oyó el chocar de los escudos y seguidamente los murmullos de los hombres que caían muertos a su diestra. Pronto sintió una presencia detrás de ella y sin dudarlo dejó caer las rodillas al suelo, el aire rozó su cara cuando la peligrosa espada cruzó por el lugar donde debería estar su cabeza, el pie derecho de ella golpeó la pierna de él ocasionando que su contrincante cayera con estrepito, y para la impresión del espartano al alzar la vista se encontró con la broncínea espada que lo apuntaba.
Xanthe misma frunció el ceño por lo rápido que había actuado sin embargo no dejó que aquello le afectara.
—Es de cobardes atacar por la espalda, los espartanos estarían muy decepcionados de ti –añadió jocosa—, pero tranquilo yo haré el honor de darte una muerte digna.
Al terminar de hablar sintió el gruñido de un hombre tras su espalda y sin voltear golpeó con el codo la armadura para después darse la vuelta y atravesar la misma con su espada.
Xanthe gimió cuando vio al hombre caer de rodillas con ojos moribundos que terminaron de cerrarse al caer boca abajo contra el suelo ¿Cómo podía ella haber hecho eso? ¿Cómo es qué había sido tan rápida?
Despertó de su ensueño cuando escuchó la maldición de Aeschylus detrás de ella entonces giró a verlo.
Él golpeó al espartano que antes ella había derribado con su dyplon y con precipitación incrustó su espada llena de roja sangre en su broncíneo pecho.
El rubio la volteó a ver con el ceño fruncido para después hablar.
—Cubriré tu espalda.
—No lo necesito.
Xanthe vio el musculo de su mandíbula latir como si estuviera enojado solo que su mirada lo confirmó.
—Sí que lo haces.
—No, no vine aquí a que cubrieras mis espaldas.
»Puedo protegerme a mí misma.
La princesa no dijo más palabras y siguió en el combate.
De un momento a otro estaba en el suelo siendo amenazada por una espada espartana, el hombre frente a ella la miraba con evidente malicia, se limpió con el dorso de la mano llena de sangre la boca que mantenía una aborrecible sonrisa.
—No te distraigas, eres un trierarca deberías saberlo –soltó con sorna.
Pero Xanthe no dijo nada.
—Me gusta tenerte debajo de mi, princesa –dijo resaltando la última palabra.
El bastardo la conocía.
—Xanthe –llamó Asch cerca de ella.
El espartano no apartó su espada pero sí miró a el rubio quien solo tenía ojos para ella, su Xanthe.
—Da un paso más peltasta y le corto el cuello –siseó el hombre.
Ya había visto al hombre en acción con anterioridad y sabía que era un peligro para cualquiera a su alrededor, incluso pudo notar que algunos de sus movimientos eran como los de los suyos lo que no sabía es porque aquel hombre rubio apenas llevaba el título de peltasta.
—No tendrá que hacerlo –escuchó la voz suaves y nada forzada ahora de la princesa de Macedonia.
Al girar de nuevo su rostro a ella vio como la princesa sostenía un arco y una flecha a punto de ser disparada, cuando se había distraído la reina Mirina le lanzó un arco y flecha y Xanthe estuvo agradecida. Pronto soltó la flecha relajando su mano y esta empaló al hombre que por la impresión y el dolor cayó de espaldas en la tierra.
La princesa se levantó y miró a los ojos dolidos del espartano quien a su vez la miraba entonces sonrió y añadió.
—No te distraigas, eres un espartano, deberías saberlo.
*
—Hubo muertos, en las guerras siempre los hay, pero derrotamos esos espartanos...La batalla pronto se volverá más fuerte peltastas, los que habéis sobrevivido felicidades, podéis esforzaros más, dad lo mejor de vosotros, agradeced a las queridas amazonas por su hazaña. Quizás volveréis algunos con el nombre de hoplitas o trierarcas, algunos no lograréis dejar de ser peltastas aunque lo dudo mucho después de la hazaña de hoy, pero yo os digo que os felicito por lo que habéis hecho, habéis sido valientes, pero la verdadera batalla se avecina, y debéis estar atentos. Debemos agradecer a los dioses que por esta vez solo han enviado a unos pocos pensando que podrían acabarnos.
Xanthe por otro lado no prestaba ni la mínima atención a Miltiades se había apartado de él hacía mucho rato y había ido en busca de Aeschylus, su rostro estaba fruncido en preocupación.
— ¿Cómo te sientes Aeschylus?
—Mejor princesa... los demás peltastas me llaman Asch, se que usted no es cualquier peltasta ni mucho menos, pero ¿podía llamarme de ese modo?
Xanthe sonrió achicando sus ojos.
Su cara estaba descubierta y llevaba un fino peplo, la razón era porque Miltiades le había pedido cuidar de Aeschylus aún cuando él protestó alegando no ser débil pero también se lo había pedido porque sabía que Asch conocía su secreto e iba estar más cómoda con alguien que supiera quien realmente era.
— ¿Te hirieron profundamente? –Preguntó casi rozando la herida de su pierna.
Un osado espartano clavó una lanza en su pierna derecha pensando que Asch cedería ante él, afortunadamente era fuerte y no se rendía.
Por suerte a Xanthe no la hirieron ni un poco, cuando no estaba Miltiades cuidando de ella, era Asch, eso le enfadaba un poco. Muchos peltastas se preguntaban porque había hecho el trabajo de los Toxotas después de matar a Stygio si ella era un trierarca, Miltiades inventó otra nueva cosa aunque esta vez poco eran los creyentes y se encontraban confusos ante su comportamiento.
—Un poco pero no moriré.
—Es una buena noticia.
Ambos se sonrieron y sin evitarlo Xanthe posó su suave mano en la mejilla del guerrero sintiendo como su corazón latía de prisa bajo su pecho.
*
— ¡¿Dónde está Xanthe?! –Se escuchó la enfadada y estruendosa voz del rey.
Aspasia lo miró nerviosa antes de hablar.
—No lo sé padre.
— ¡Buscad a mi hija!
— ¿No estaba con la diosa Artemisa?
— ¡Ella jamás llegó!
—Pero padre...
— ¡Calla Aspasia y vete!
— ¡Padre!
Píreo la ignoró y entró en sus aposentos tirando la puerta mientras maldecía una y otra vez.
— ¡Maldición Xanthe! ¡Clío! ¡Aparece en este momento en tu forma humana!
Esperó unos segundos y la figura de la musa apareció ante sus ojos.
Su imagen aunque etérea mostraba a la mujer que hacía muchos años había amado y que ahora estaba tan lejos de él.
— ¡¿Dónde demonios está Xanthe?!
Él sabía que Clío lo sabría, ella nunca había abandonado a sus hijas aunque ellas lo creyeran.
— ¿Me lo preguntas a mí, querido Píreo? –Su voz estaba en calma mientras su mirada iba por la habitación.
— ¡Es tu hija!
—También la tuya –la cantarina voz lo hizo enfadar aún más de lo que ya estaba.
— ¡Tú sabes dónde está! ¡Dime dónde! Artemisa se enfurecerá.
Clío clavó sus ojos como el cielo en los oscuros de él pero como veces anteriores no encontró nada más que un color precioso.
— ¿Solo te importa Artemisa o tu hija?
— ¡¿Dónde demonios está, Clío?!
—Haciendo lo que debe hacer.
— ¡Maldita sea!
Entonces se acercó sin vacilar tratando de tomar por el cuello a la musa, sin embargo no pudo.
—Ella está bien —soltó ella de repente
— ¡¿Dónde?!
—Ya dije lo que tenía por decir.
— ¡Clío!
Finalmente la musa desapareció ante los ojos del rey quien sin poder evitarlo se encontró lagrimeando en sus aposentos por su hija menor, necesitaba a su pequeña Xanthe con vida.
Tenía miedo de que algo le sucediera y si ella estaba haciendo lo que él creía sin duda la perdería... Y todo sería por su culpa.
No le importaba la diosa en esos momentos.
No estaba preocupado por Artemisa, sino por su pequeña Xanthe.
*
—Princesa Xanthe. –El asombro se palpaba en los ojos del joven.
Las yemas de los dedos de ella acallaron sus murmullos incoherentes a la vez que lo miró, Aeschylus pensó que si ella lo miraba justo como lo estaba haciendo no tendría necesidad de callarlo con sus manos.
—Aeschylus... me has gustado desde que te conozco —se sinceró la princesa y el rubio sintió el corazón en su garganta, quería tomarla, poseerla en ese mismo momento ¿Hacía cuanto no había deseado aquello?
Que ella dijera exactamente esas palabras.
Cada mañana que la veía, día tras día.
Su inalcanzable princesa al fin le estaba diciendo esas palabras.
—Princesa...
—Calla, Asch.
A continuación besó al rubio dejándolo más desconcertado.
Ella se sentó encima del abdomen de Aeschylus que se encontraba desnudo bajo las sábanas.
—Princesa...—Jadeó con vehemencia él lleno de necesidad.
— ¿Si? –murmuró ella para ahora dedicarse a besa el cuello de él con entusiasmo.
Lo sintió duro debajo de ella y el escarlata se trasladó a sus mejillas sin dejar de hacer lo que hacía, él la encontraba adorable a la vez que caliente pero dejó de pensar cuando ella movió sus caderas frotándose contra su m*****o.
— ¿Porqué hace esto conmigo? –Preguntó mediante suspiros Aeschylus a punto de perder el control.
Sin embargo sus manos cobraron vida aferrándose a su cintura mientras deslizaba la lengua por la clavícula de Xanthe.
Dos podían jugar mejor que uno.
— ¿No es obvio Asch? no quiero hablar.
Sin previo aviso besó nuevamente su boca de forma posesiva y excitante.
—No, maldición no, no podemos Xanthe.
Sus manos fueron a sus delgados brazos apartándola de su pecho sin que ella se levantara de su regazo
Era la primera vez que la llamaba por su nombre pero ella no protesto, solo me miraba con pasión y eso lo ponía sin embargo aquello no podía pasar así, en medio de la guerra contra los espartanos.
— ¿Porqué?
— ¡¿Porqué?! –Repitió exaltado—, debo protegerte princesa, debo cuidarte para Macedonia, para mí, debo estar alerta ¿No es obvio? A demás no querrías acostarte con un simple peltasta, yo voy a luchar por ganarme el puesto de Hoplita, lo juro Xanthe y cuando lo tenga... juro por los dioses que te haré completamente mía.
—Para mí no, esa sería mi hermana Aspasia, Asch –dijo ella tomando su rostro en sus manos—, te quiero y ni siquiera me importa lo que diga mi padre.
Sin más se lanzó nuevamente a sus labios, sin contemplaciones volvió a la posición anterior pero ahora se quitaba su peplo dorado y quedaba desnuda ante los ojos incrédulos de Aeschylus, descaradamente quería verla desde hacía mucho tiempo, nunca lo había admitido, no le gustaban ese tipo de perversiones pero con ella, era inevitable, tan perfecta, tan inmaculada.
—Aeschylus, no me niegues esto, te deseo ahora mismo.
Primero abandonó mi cintura para después mirarme con intensidad.
— ¿Debajo de estas sábanas yaces desnudo?
Él atinó a asentir, entonces ella rió con picardía, la música más seductora y erótica que sin duda había escuchado. Fue retirando las sábanas con lentitud marcada y despiadada. Quería matarlo, estaba seguro de eso.
—Aeschylus –susurró entrañable que salió de su boca causándole dolor en la entrepierna.
¿Cómo es qué podía ser tan seductora?
—Aeschylus...
De un momento a otro me golpeó en la cabeza dejándome desconcertado.
— ¡Asch!
Entonces despertó.
Ante sus ojos estaba Methodius sonriendo pícaramente.
Era la primera vez que tenía un sueño húmedo como solía decir Emeterión, todos los días sin excepción soñaba con el último día de vida de su madre, no sabía cómo eso había cambiado.
Volvió en sí cuando Methodius comenzó a reír de nuevo.
— ¡¿Qué te pasa?! –preguntó enojado.
— ¿Problemas con tu amigo? –alegó él burlón.
El rubio no había entendido lo que le había dicho entonces frunció el ceño y le respondió.
— ¿De qué estás hablando Methodius?
El moreno ahora le miró la entrepierna, muy avergonzado y enfadado se tapó, lo que ocasionó más risas de su amigo.
—Deja de reírte maldito –amenazó.
— ¿Con quién soñabas, con la diosa hija de Píreo? –burló él.
En ese preciso momento entró Hilarion, ahora sí que estaba avergonzado.
¿Ella no los había escuchado... O sí?
—No creas que no vi cuando te hacía ojitos frente al rey.
Methodius no había visto a Xanthe, insensato quiso advertirle a su compañero pero ya era demasiado tarde.
—Con esa gran bocota no llegarás ni siquiera a ser un hoplita, mucho menos un trierarca.
Methodius se mordió el labio y Aeschylus supo que se contuvo de soltar algo.
—Lo siento trierarca Hilarion.
De este modo Methodius salió de los aposentos no sin antes darle una mirada interrogativa al hombre que yacía desnudo sobre su lecho, ¿Por qué el trierarca Hilarion entraba a los aposentos de Asch?
Fue el pensamiento de Methodius al salir.
Xanthe al ver salir al moreno de ojos azules esperó unos segundos antes de mirarlo y hablar.
—Entonces... Aspasia princesa y casi reina de Macedonia te hacía ojitos.
Bajo el Krános Aeschylus supo que ella estaba molesta.
—Tonterías de Methodius.
Xanthe se quitó el krános mostrando su ceño fruncido y dejando que su pelo riso chocara con su espalda y hombros, entonces Aeschylus recordó el sueño y supo que ahora sí tendría un problema con su amigo definitivamente y no precisamente se estaba refiriendo a Methodius.