Juzgada antes de empezar

1333 Palabras
Rogelio entró como un huracán en bata de clínica, su estetoscopio balanceándose como un péndulo. Princesa, ¿qué hacías sola? - preguntó, arrodillándose frente a Gaby. ¡Tío! jugaba en los columpios y… de pronto ya no estaba Nadia - susurró, mordisqueando el lápiz. Gracias que tu prima te encontró - dijo, lanzándome una mirada que sellaba nuestro pacto de silencio. ¿Prima? - repitió Gaby, ojos como platos, la palabra prima resonó en mi pecho como un latigazo. Rogelio había tejido mentiras tan sólidas que hasta yo dudaba a veces de dónde terminaba la farsa y empezaba el cariño, siempre tratando de incluirme en su familia, nadie sabe que biológicamente no soy su hija. Sí. Alejandra es mi hija - afirmó, con orgullo genuino en su voz. Su hija. Un título que me concedió hace una década, junto a su apellido. Gaby me abrazó de nuevo, su olor a mandarina y tiza escolar perforando mi coraza. ¿Cuándo vienes a casa? Tenemos un jardín con… ¡mariposas azules! – dijo emocionada Gaby Princesa, yo trabajo y me tiene a mil, pero pronto sacaré tiempo, sí — dije con una sonrisa que apenas velaba mi incomodidad la verdad es que no visito a los Guzmán... Me cuesta respirar allí. Siento que soy una mentira viviente, porque ni una gota de su sangre corre por mis venas. ¡Genial! — exclamó Gaby, con una sonrisa tan sincera que iluminó la habitación. Gracias, hija. Tus tíos estarán felices de saber que no corrió peligro - dijo Rogelio con una sonrisa que apenas ocultaba su alivio. "Papá, eso no significa que deban confiarse" - repliqué, cruzando los brazos. - La ciudad es peligrosa, y más para una niña. Ella se acercó a mí porque me vio amigable, pero ¿y si hubiera sido alguien con malas intenciones? Sería otra historia. - Hice una pausa, conteniendo el nudo en mi garganta. - No quiero ser pesimista, pero soy abogada. Los casos de abuso infantil son demasiado comunes, incluso dentro de las familias. Ahora imagínate a una niña sola en las calles de California… No es un lugar seguro, y tú lo sabes mejor que nadie." Lo sé. - Rogelio suspiró, pasándose una mano por el rostro en un gesto cansado que revelaba años de preocupaciones familiares. - Hablaré con tus tíos. Ellos... tomarán cartas en el asunto. - las últimas palabras las pronunció con una firmeza recién encontrada, sus ojos oscuros reflejando esa mezcla de autoridad sus labios se apretaron en una línea delgada, como si ya estuviera anticipando la difícil conversación que le esperaba. Y que tomen precauciones con la niñera - insistí, frunciendo el ceño hasta sentir la tensión en mi frente. - Una niñera no desaparece así nada más. Esto me huele mal, papá. Mis manos se apretaron solas. Estoy preocupada. Últimamente han habido casos... raros. Muy raros. - Dije seria y tragué saliva, la imagen de aquel titular de periódico grabado a fuego en mi mente: "Niño de 8 años hallado sin órganos ni ojos." "La violación ya sería horrible — trauma, depresión, una vida destrozada — pero esto… Esto es otra cosa. Algo mucho más oscuro." Rogelio me observó en silencio, su sonrisa desvaneciéndose por un instante antes de forzar un gesto tranquilizador. - "Lo tomaremos en cuenta. Hasta luego, nena… y cuídate. - dijo Rogelio Salió de mi oficina justo a tiempo; el señor Carlos Montenegro aguardaba en recepción. Al medir su estatura con la mía (ambos compartíamos los 1.57 metros), noté cómo el tiempo había dejado su marca: cabello canoso, tez blanca y ese cuerpo relleno que delataba sus cincuenta años de vida acomodada. Según mi investigación preliminar, su caso era claro pero no por eso sencillo. Se divorciaba de una esposa infiel... con su propio amigo. Ya tenía el expediente sobre mi escritorio. Durante las semanas previas había reunido munición suficiente para evitar que la señora Montenegro se llevara la mitad del patrimonio. Mis mejores armas: 1. Indemnización por daños y perjuicios (los mensajes de texto comprometedores que había obtenido eran oro puro) 2. Pensión alimenticia (él llevaba años manteniendo los caprichos de su esposa, y eso estaba documentado) Buenas tardes,- murmuró el señor Montenegro al entrar, su voz cargada de un cansancio que parecía arrastrar desde hacía años. Buenas tardes, señor Montenegro. Por favor, tome asiento. - Ajusté el tono a uno profesional pero cálido, señalando la silla frente a mi escritorio. - He estudiado su caso a profundidad y creo haber identificado la estrategia más sólida para su demanda de divorcio. ¿Usted será la abogada de mi caso? - Su pregunta vino acompañada de una mirada descendente y un desdén que hizo que mis dedos se aferraran inconscientemente al bolígrafo. Respiré hondo, manteniendo intacta mi sonrisa profesional. Probablemente viene de una jornada difícil, me dije, o quizás simplemente no cree que una mujer de mi estatura pueda defenderlo. Sí, su caso se me asignó, señor Montenegro - respondí, manteniendo una sonrisa que ya empezaba a quemarme los labios. ¿No hay alguien... más capacitado? - Su voz goteaba condescendencia mientras sus dedos tamborileaban el brazo del sillón. Más capacitado. Las palabras resonaron como un latigazo. Cuatro años y medio en Stanford, noches en desvelos revisando códigos legales, el sacrificio de una vida social... todo reducido a ese desdén en sus ojos y voz. Mis uñas se clavaron levemente en las palmas, pero mi voz salió serena, con el filo controlado de quien sabe que tiene las de ganar: Señor Montenegro, no solo estoy lo suficientemente capacitada para este caso - hice una pausa deliberada, sosteniendo su mirada - sino para asegurarme de que su esposa no se lleve ni un centavo más de lo que merece. El silencio que siguió fue tan cortante como mi sonrisa. "Es solo una cría" - escupió Carlos, sus palabras cargadas de un desdén que hizo que el aire se me atragantara. Respiré hondo, contando mentalmente hasta tres. No era mi día para esto, el día no podía ser más irónico. Por un lado, Ethan presionándome con su ultimátum matrimonial. Por otro, mi "donador de e*****a" llamándome para una cena familiar como si los últimos veintitantos años de ausencia fueran un malentendido y mucho menos para aguantar a un hombre con prejuicios del siglo XIX cuestionando mis credenciales como si Stanford hubiera regalado títulos. Pero en lugar de explotar, esbocé una sonrisa fría, calculadora.el señor Montenegro en mi oficina Si cree que soy una cría, entonces le agradezco el halago, señor Montenegro - dije, enderezándome en mi silla hasta que mi postura habló por sí sola: Aquí mando yo. - Pero déjeme aclararle algo: no solo estoy capacitada para llevar su caso, sino que ya lo tengo analizado al milímetro. Infidelidad con su mejor amigo, transferencias bancarias sospechosas, testigos dispuestos a declarar... Vamos, hasta los patrones de gastos de su esposa en joyería los tengo documentados. - Mis dedos acariciaron la carpeta frente a mí, gruesa de pruebas. - Así que puede elegir: o confía en esta 'cría' que se rompió la espalda en Stanford para estar donde está... o se arriesga a que su esposa se quede con el 80% de sus bienes. ¿Qué prefiere?" No quiero que una cría lleve mi caso. - Carlos Montenegro lo dijo con la suficiencia de quien está acostumbrado a dar órdenes, sus ojos fríos midiéndome desde su estatura. Respiré hondo. Alejandra, no lo estrangules. Matar es ilegal. Aunque conociendo al juez Martínez, quizá solo serían seis meses de servicio comunitario... Un, deux, trois..." Conté en francés mientras mis uñas se clavaban en las palmas, imaginando la satisfacción de ver cómo se desinflaba ese ego cuando Ethan lo pusiera en su sitio. Perfecto, señor Montenegro. - dije con una sonrisa que era tan dulce como el cianuro. - Como usted prefiera. Marqué el número de Ethan con movimientos precisos, cada tono de llamada resonando como un martillazo en el silencio de la oficina.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR