parte 4

1203 Palabras
—No podía verme a mí misma… porque me daba asco. Medía mis manos para ver si bajaba de peso. Si mi muñeca quedaba floja dentro de mi mano, significaba que había rebajado. Intentaba terminar toda la comida, porque quería ser gorda. Mi mamá decía que me veía rellena, pero yo no le creía. Le decía que parecía una calavera. Todos los días le preguntaba: “¿estoy gordita?” Y no le creía porque nunca me veía en un espejo. No sabía cómo era realmente. Hice una pausa más larga. —¿Sabes qué fue lo más difícil? Ella guardó silencio, escuchando. —En la iglesia había unas puertas enormes, como espejos. Mi voz se volvió más suave. —Yo evitaba mirarlas. Cuando entraba, miraba hacia abajo o hacia los lados, pero nunca al frente. Ella escuchaba atentamente. Yo, en cambio, aún no lograba comprender por qué le estaba confiando algo tan íntimo; jamás le había contado mis cosas a nadie, y mucho menos a una desconocida. Sin embargo, aquella chica me transmitía una extraña calma, una sensación desconocida, como si en su presencia fuera posible despojarme de todo aquello que me pesaba. —¿Sabes? —le dije finalmente—. Para mí era muy difícil caminar por las calles sintiéndome la peor. Me avergonzaba incluso admitirlo, porque, siendo hija de Dios, no debería sentirme así, cuando en el fondo sabía que valía mucho. Hice una pausa, buscando las palabras exactas. —Para muchas personas, la dismorfia corporal no es más que una locura. Si se lo cuentas a alguien sin empatía, sin sensibilidad te vería como una maniática. Pero es tan difícil, solo quien lo ha vivido puede entenderlo. Ella no interrumpía. Me observaba con serenidad, con una atención tan pura que me impulsó a continuar. —Pasé todo un año sintiéndome así —proseguí—. Hasta que, hacia el final de ese año, algo empezó a cambiar. Comencé a bajar de peso, y los dolores aparecieron. Sabía que algo no estaba bien en mí. Tragué saliva, recordando. —Los últimos meses fueron muy duros, pero cuando inició el siguiente año, todo empeoró. El dolor se volvió constante. Tomaba medicamentos y no me hacían efecto. Pasé una semana entera con un dolor tan agudo, tan insoportable. Mi voz se quebró antes de terminar la frase. No supe en qué momento las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas. Ella me miró con profunda compasión y, con un gesto delicado, limpió mi rostro. Ese pequeño acto me dio fuerzas para continuar. —Dejé de ir a la iglesia. Mi mamá intentaba ayudarme, me daba medicamentos, me preparaba remedios naturales pero mi cuerpo los rechazaba todos. Los vomitaba. Era como si nada pudiera quedarse dentro de mí. Respiré hondo, sintiendo nuevamente el eco de aquel sufrimiento. —El dolor era tan intenso que no podía ni caminar. Sentía como si algo fuera a explotar dentro de mi abdomen. Lloraba, vomitaba estaba completamente fatigada. Probaba acomodarme de un lado, luego del otro, doblaba las piernas, pero no encontraba alivio. Cerré los ojos por un instante, como si volviera a ese cuarto, a ese momento. —Y ahí estaba yo desvanecida en mi cama, clamándole a Dios que me quitara ese dolor, que me abrazara fuerte porque yo ya no podía más. La incertidumbre me rodeaba como una niebla espesa. Mis pensamientos comenzaron a desbordarse, y el miedo, silencioso pero implacable, se apoderó de mí. Había momentos en los que creía estar enfrentando una enfermedad terrible; en otros, intentaba convencerme de que no era más que un malestar pasajero, un simple aire rezagado en el vientre. Pero el dolor persistía, ajeno a cualquier explicación sencilla, inmune a todo alivio. Cuando ya no pude más, decidí ir al médico. Recuerdo que iba acompañada de mi madre. El lugar estaba abarrotado de personas, y la espera parecía interminable. Le propuse salir un momento al parque cercano; necesitaba respirar, escapar de aquella atmósfera cargada de ansiedad. Sentadas allí, bajo un cielo indiferente, la miré y le dije con una seriedad que ni yo misma reconocía: —Mamá, creo que lo que tengo es un tumor. No puede doler tanto algo que se quite con medicamentos. A mí no se me quita con nada. Ella negó suavemente, aferrándose a una esperanza que yo ya sentía lejana. —No, hija, ¿cómo vas a creer eso? Ya verás que no es nada. Pero sus palabras no lograban alcanzarme. Cuando llegó mi turno, entré al consultorio con el corazón desbocado. Me recosté en una camilla estrecha, levanté ligeramente mi falda y permanecí inmóvil mientras el doctor se preparaba para la ecografía. Había seguido todas las indicaciones: no desayunar, beber abundante agua, todo para que las imágenes fueran más claras. Aun así, lo único nítido en mí era el miedo. El gel frío sobre mi abdomen me hizo estremecer. La máquina comenzó a deslizarse, y el silencio se volvió denso. El doctor hacía preguntas: sobre náuseas, sobre mi digestión, sobre síntomas que yo respondía casi de manera automática. Pero su mirada estaba fija en la pantalla. Examinaba y examinaba. Hasta que se detuvo. —Veo algo extraño aquí, respira más profundo —dijo con una calma que contrastaba con el temblor que crecía dentro de mí. Mis ojos siguieron los movimientos en la pantalla, intentando comprender aquello que no sabía interpretar. Y entonces, finalmente, lo dijo: —Tienes dos tumores en un ovario. El tiempo se quebró en ese instante. Miré a mi madre. Su rostro se volvió pálido, y sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. Yo, en cambio, quedé suspendida en un estado de shock absoluto. No lograba comprender cómo era posible. ¿Cómo podía sucederle algo así a alguien que había sido tan cuidadosa con su salud? La pregunta quedó flotando, sin respuesta, en el vacío que se abría dentro de mí. Salimos del consultorio, pero ya nada era igual. El doctor habló con otro especialista, escribió indicaciones apresuradas y mencionó la necesidad urgente de realizar una tomografía computarizada. Sus palabras se deslizaban unas sobre otras hasta que una logró atravesarme: —para descartar cáncer. Cáncer. La palabra resonó en mi mente con una fuerza devastadora. No quise escuchar más. Salí de aquel lugar casi huyendo, como si al hacerlo pudiera escapar también de la realidad que comenzaba a imponerse. Afuera, el mundo seguía su curso, indiferente. Pero para mí, todo había cambiado. Caminaba entre las personas sintiéndome ajena, como si ya no perteneciera a ese mismo espacio. El miedo se había instalado en mí, profundo y silencioso. Aun así, continuamos con lo que habíamos planeado. Fuimos a comprar algunas cosas para el inicio de mis estudios. Faltaban pocos días para comenzar mi segundo año de bachillerato. Entré a aquella tienda sin la ilusión que antes me acompañaba. Ahora, cada paso estaba marcado por la incertidumbre de lo que vendría. Observé a mi madre. Sus ojos, antes firmes, ahora se cristalizaban, y en ese reflejo de dolor contenido, algo dentro de mí se quebró definitivamente. Entonces lloré. Lloré no solo por el miedo, sino por la vida que, en un instante, había dejado de sentirse segura. Por la incertidumbre que se había convertido en mi única certeza.
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