Algo que me encantaba de aquella chica era su manera de escuchar. No era como esas conversaciones comunes donde las palabras se interrumpen unas a otras; ella no lo hacía. Simplemente me escuchaba. Me dejaba hablar, vaciarme, decir todo lo que llevaba dentro. En su mirada había una calma extraña, y en su silencio, una compasión inmensa, como si pudiera comprender mi dolor porque, de alguna forma, también lo hubiera atravesado. El ambiente que se formó entre nosotras era tan sereno, tan lleno de humanidad, que por momentos sentí ganas de llorar. Muchas personas en mi iglesia conocían mi historia, mi diagnóstico; se los había contado, sí, pero no como se lo conté a ella. Con ella fue distinto. Más real. Más profundo. Quise abrazarla. Algo dentro de mí me lo pedía, pero me contuve. Había en ella una energía especial, una luz tranquila que, sin hacer ruido, me levantaba el ánimo.
Continué con mi historia.
Los días siguientes estuvieron marcados por exámenes médicos. Mi mamá me llenaba de vitaminas, intentando devolverle fuerzas a mi cuerpo. No estaba yendo a la escuela, aunque tenía la intención de regresar la siguiente semana. Los profesores me dijeron que me esperarían, pero solo por una semana. Cada mañana comenzaba igual: náuseas. Mi padre se levantaba a las cinco para prepararse e ir a trabajar; hervía café, y el olor, tan cotidiano antes, ahora me resultaba insoportable. Mi madre cocinaba, y el aroma de la comida llegaba hasta mi habitación. Era suficiente para que mi cuerpo reaccionara: corría al baño a vomitar. Mi mamá, desesperada, salía tras de mí con agua, tratando de aliviarme. Un día decidí volver a la escuela. Como de costumbre, vomité por la mañana. Luego me bañé, me cambié. Había bajado de peso; mi uniforme ya no me quedaba igual, pero, de alguna forma, me veía bien. Más delgada. Tomé mis cosas y reuní el valor para salir. Y decidí que caminaría hacía la escuela. Caminé junto a mis amigas. Nos encontramos, esperamos a una más, y juntas recorrimos la calle hacia la escuela. Iba nerviosa. Ese año había un profesor nuevo, compañeros nuevos, y no sabía cómo reaccionarían al verme. Entré. Saludé. Me senté en mi pupitre. Y a pesar de todo, me sentía distinta. Como si dentro de mí algo estuviera resistiendo. Intentaba ignorar lo que pasaba a mi alrededor. Comía fruta constantemente, lo poco que podía tolerar. Mis profesoras me dieron la bienvenida; celebraron verme de nuevo, y ese gesto me sostuvo un poco. Cuando llegó la hora del almuerzo, salimos al lugar donde nos correspondía comer. Era un beneficio: comida gratuita. Pero antes de irnos, ver a mis profesoras y compañeros comiendo me provocó náuseas otra vez. El olor era suficiente. Aun así, cuando llegamos, hice el esfuerzo. Sentí ganas de vomitar, pero logré terminar la comida. Era una lucha constante. Hoy, al recordarlo, me felicito. Porque no estaba bien, no estaba fuerte, pero aun así lo intenté. Sabía, en el fondo, que Dios me sostenía. Había tomado incluso la decisión de irme caminando a la escuela, como si aferrarme a la rutina pudiera devolverme algo de normalidad. Regresamos a clases. La jornada de la tarde fue pesada; no entendía nada. Los temas habían avanzado sin mí, y por más que intentaba concentrarme, mi mente no lograba alcanzarlos. Al final del día, mi mamá llegó por mí. Volvimos a casa.
El siguiente día fue aún más difícil. Las náuseas seguían, y apareció un dolor leve en un costado. Aun así, decidí quedarme en clases hasta que pasara. Pero esta vez no pude comer. Ver la comida, ver a los demás comer, todo me provocaba rechazo. Solo compré fruta y agua. Me sentía débil. Ese día, al salir de la escuela, me encontré con mi mamá.
—Vete con tus amigas a la casa —me dijo—. Iré a comprarte la vitamina. Te dejé pescado frito con ensalada.
Llegué a casa, tomé el plato. Me costó, pero logré comer un poco.
Mi mamá regresó con la vitamina.
Y hay algo que siempre voy a recordar: ella lo dio todo por mí. Hizo hasta lo imposible por verme bien, por no dejar que me faltara nada. Siempre había sido así, pero en ese momento su amor se volvió aún más evidente, más urgente. Los días continuaron entre intentos y recaídas. Mis amigas venían los fines de semana a pasarme las clases. Se quedaban conmigo, hablábamos, nos tomábamos fotos, comíamos. A veces, el dolor me obligaba a recostarme mientras ellas seguían ahí, esperándome. Cuando se me calmaba, regresaba con ellas. Veíamos películas. Eso me ayudaba un poco.Intentaba seguir yendo a la escuela, a la iglesia. Volvía a casa cansada. Pero solo pude resistir una semana. Después, todo se volvió más difícil. Comer era un reto. Las citas médicas eran constantes: tres veces por semana. No lograba concentrarme. Ni siquiera en mi materia favorita: Inglés. Yo, que había estudiado tres años, ahora no entendía nada. Entonces tomé una decisión que me rompió. Dejar la escuela.
Ese día me acosté en mi cama y lloré como nunca. Me jalé el cabello, colapsé.
—¿Por qué a mí? —le decía a mi mamá—. ¿Por qué, si siempre me he cuidado?
Ella me abrazaba.
—No reniegues, hija, yo te entiendo.
Y lloraba conmigo.
—Dios tiene un propósito. Esto también es parte de su voluntad y es perfecta, aunque duela. Él te va a sacar adelante. El próximo año vas a poder estudiar.
Pero para mí, en ese momento, no existía un “próximo año”. Yo sentía que no iba a llegar.
Me dolía ver a mis compañeros seguir con sus vidas. Algunos ni siquiera valoraban lo que tenían. Y yo, yo deseaba tanto estudiar. Aun así, poco a poco comprendí algo: la voluntad de Dios, aunque duela, no deja de ser perfecta. Ese día acepté que ya no volvería a la escuela. Mis maestros me pidieron que lo intentara, pero era demasiado difícil. Las citas médicas no se detenían, mi cuerpo tampoco respondía. Sin embargo, hubo algo que siempre agradeceré. El doctor que me diagnosticó dijo que ese dolor no se me quitaría con nada, que tendría que aprender a vivir con el, pero no fue así. La misericordia de Dios fue mayor. El dolor comenzó a disminuir. Ya no era intenso, ya no era aquel tormento de la madrugada en el que sentía que mi abdomen iba a explotar. Aunque hubo momentos difíciles, como aquellos tres días en los que el dolor regresó con fuerza, acompañado de una infección urinaria Dios también puso ayuda en el camino. La doctora me recetó medicamentos que, desde el primer día, me permitieron descansar. Y entonces entendí algo que nunca olvidaría:
Los médicos pueden decir muchas cosas, pero quien tiene la última palabra es Dios.
Después de tomar la decisión más difícil de mi vida, intenté reconstruirme en lo cotidiano. Me refugié en pequeñas cosas: ver películas, leer libros cristianos, hacer mis devocionales. De pronto, tenía tiempo mucho tiempo para estar con Dios, y en ese espacio encontré una calma que no sabía que necesitaba. También buscaba alegría en lo simple. Jugaba con mis hermanos a un juego que amaba profundamente, al que llamé "papelitos". Escribíamos nombres de animales o de personas en trozos de papel; luego, con los ojos cerrados, tomábamos uno al azar. Si salía una persona, debías imaginar una escena con ella: cantar juntos, viajar, inventar una historia. Si era un animal, el juego se volvía más disparatado: ese animal “te mordía”, o tú debías “comértelo”. Era un juego caótico, casi absurdo, pero lleno de risas. También jugábamos "Bachillerato Stop". Hacía todo lo posible por mantener mi mente ocupada, por no dejar que el silencio se llenara de miedo. Iba a la iglesia y recibía palabras que me sostenían. Recuerdo especialmente a una joven que me escribió. Sabía que estaba enferma, pero no conocía mi diagnóstico. Dudé un momento, porque casi nadie lo sabía, pero finalmente le dije la verdad: tenía dos tumores en los ovarios. Su respuesta fue breve, pero poderosa. Me dijo que estaría orando por mí y luego añadió algo que aún guardo en el corazón:
“No te angusties. Mejor prepárate para dar tu testimonio.”
Aquella frase me atravesó con una dulzura inesperada. Era como si, en medio de todo, alguien me estuviera diciendo: vas a vivir, y esto tendrá un propósito. En esas palabras encontré esperanza. No era una negación del dolor, sino una promesa silenciosa de que algo mayor podía surgir de él. Otras personas también me escribían, asegurándome sus oraciones. La iglesia me sostenía de una forma invisible pero constante. Sin embargo, el apoyo más grande venía de mi familia. No tenía muchos amigos; solo aquellas dos chicas que antes venían los fines de semana. Con el tiempo, se fueron alejando. Entendí que sus vidas continuaban, que tenían estudios, responsabilidades, aunque en el fondo, dolía. Cuando amas a alguien, siempre encuentras la forma. Pero no reclamé, no insistí. En ese momento, toda mi energía estaba puesta en resistir. Y comprendí algo importante: no estaba sola. Dios se manifestó en mi vida de una manera tan íntima, tan real, que llenó los vacíos que otros dejaron. Mi pastor también estuvo presente acompañándome, y la iglesia entera me rodeaba con sus oraciones. Cada vez que asistía, sentía un consuelo profundo, como si mi alma encontrara un lugar donde descansar. Si algún día alguien escucha mi testimonio sin creer en los milagros, quiero que sepa esto: hay cosas que la lógica no explica. Hay cargas que solo Dios puede aligerar. Hay dolores que, en sus manos, dejan de ser insoportables.
Así transcurrían mis días. A veces me preguntaba por qué me estaba pasando todo aquello, pero aprendí a no quedarme demasiado tiempo en esa pregunta. Escribía, veía películas, participaba en actividades de la iglesia. Poco a poco, el dolor comenzó a disminuir. No desapareció por completo, pero dejó de ser el centro de mi existencia. Seguía asistiendo a mis citas médicas. Me examinaban, me cuidaban, tomaba vitaminas. Mi mamá seguía preparándome comidas con amor, y yo me sentía profundamente bendecida, incluso en medio de la prueba. Aproveché el tiempo para aprender. Tomé cursos, me interesé por la filosofía y la teología. Grababa videos para mí misma: practicaba locución, cantaba, recreaba escenas de películas. No los compartía; eran un espacio íntimo donde podía seguir siendo yo. De vez en cuando, algún profesor me escribía. Pero hubo uno que nunca dejó de hacerlo: mi profesor de Matemáticas. Siempre preguntaba cómo estaba, me enviaba saludos, me animaba antes de cada cita médica. Fue el único que se mantuvo constante, y eso lo valoro profundamente. Siempre he sido alguien que agradece lo más mínimo, porque sé que incluso un gesto pequeño puede significar mucho cuando estás pasando por algo grande. Había días en los que lloraba. Porque soy humana, y tenía miedo. Entonces mi mamá me abrazaba y me repetía que todo iba a estar bien. También fui a la playa. Recuerdo esos momentos con mi prima, la risa, el viento, el mar, como pequeños respiros dentro de una historia difícil.Y así fue ese año: citas médicas, iglesia, familia y mi diagnóstico, siempre presente. Pero, aun así, me sentía completa. Porque tenía a Dios.
Hoy lo entiendo mejor: todos enfrentamos momentos difíciles, creyentes o no. Pero cuando caminas con Dios, el peso cambia. No desaparece por completo, pero se vuelve más llevadero. Hay una paz que no depende de las circunstancias. Y esa paz, fue la que me sostuvo.