El largo pasillo de urgencias del Hospital General de Kuri se había quedado particularmente silencioso y tranquilo. El barullo se detuvo hacía ya casi una hora y el público restante que estaba en el corredor se redujo únicamente a tres individuos en particular: un joven de cabellos dorados con un rictus de inquietud reflejado en sus ojos azules, a su derecha y con una actitud un poco más calmada, una joven de la misma edad y con un asiento de distancia entre los adolescentes, se hallaba aquel que había sido considerado como el prodigio del mundo empresario de Kuri: Santino Lux. La gente iba y venía, pacientes, doctores y enfermeras, pero su mundo se cerró quedando un vacío entre éste y la puerta que estaba a su izquierda que indicaba el área de observación. Recapitulaba los hechos con la

