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1665 Palabras

La luz del foco de la entrada de su casa, fluctuaba aleatoriamente, formando dispersas sombras en su rostro. La brisa era tibia, pero a ella le parecía que el ambiente se tornaba sofocado. —Santino....–sentía que su voz había bajado considerablemente. Sus manos depararon una en la otra, colocándolas por delante–¿Qué haces aquí? Menuda pregunta y menuda actitud. Sentía que temblaba como gelatina, los dedos pasaban nerviosamente entre sus nudillos. El corazón palpitaba lentamente, como si se hubiese precipitado sobre una extenuante carrera. Sonreía, o al menos intentaba hacerlo. Y por lo visto, el muchacho no se veía en condiciones más tranquilas que ella. —Yo...–comenzó a decir. No mostraba aquel tartamudeo estúpido, solo tenía la boca un poco seca. Culpa del calor, tal vez. Se aclaró l

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