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1436 Palabras
¿Habré llegado demasiado temprano?  Se preguntó Alexa por casi doceava vez. La reunión son sus amigos –aquel "club de fracasados", como solía llamarles Luke- había salido bastante bien como podía esperarse. Tras el último comentario de Yanai y un par de insultos de Jax hacia el "bastardo", nadie más había vuelto a mencionarle. Eso había sido un tanto mejor para ella. Sabía que sus amigos aun lo consideraban como parte del grupo, a pesar de su giro de ciento ochenta grados de personalidad y el que se expresara así de ellos era otra cosa. Llegó a su casa después de las seis y según ella demasiado tarde. Cosas de chicas, al fin y al cabo. Pudo arreglárselas para tomar un baño rápido, descolgar y ceñirse el vestido que había comprado con tanta anticipación (y el que Yanai le haya acompañado a elegirlo y tener la oportunidad de notar su leve atisbo de envidia, lo hacía algo más que excepcional), cepillarse el cabello y tratar de arreglarlo de un modo un poco más formal, algo que distaba de ponerse la típica cinta detrás del flequillo. Y tras unos cuantos minutos de sufrimiento narcisista ocasionado por la bendita plancha para pelo, logro estar lista justo antes de las siete. Lo que les había a dicho había sido la única y necesaria verdad. Sí, Luke sí la había invitado a cenar, y sí, había dicho que pasaría por ella a su casa. Lo que no contaba fue con la repentina llamada, la cual no escuchó debido al barullo en casa de Yanai. La llamada se repitió, convirtiéndose en mensaje de texto. Dos simples palabras que modificaron un poco su itinerario. "Espérame allá". No lo dijo a nadie, al igual que no mencionó nada de aquella caja de dangos que había comprado en la semana. Jax no lo recordó y ella no veía necesario comentar asuntos así. Eso era algo meramente personal, no sabía por qué, sólo lo sabía. Salió de su casa con veinte minutos de ventaja, que a ella le parecieron más bien segundos. Nuevamente, un vil instante efímero para cualquier chica. Llegó a las siete menos quince a aquella pequeña cafetería, a sólo tres calles del Kuri Gauken. El lugar solía llenarse precisamente de estudiantes, durante el período de clases, claro. Ahora estaba medianamente concurrido mas que nada por parejas y algún que otro grupo de tres o cuatro personas. Pidió un vaso de agua mientras le esperaba. El calor había bajado y el ambiente del aire acondicionado ayudaban un poco más. Sacó el espejo de bolsillo del interior de su bolso de mano. Todo en orden. ¿Y dónde estaba él? Llevaba un discreto reloj de pulsera con cintillas rojas. Lo miró, sólo por curiosidad. Las siete con quince minutos. ¿Qué? Tal vez el maldito reloj se adelantó. ¿Y si son las seis y no las siete?...rayos…¿Habré hecho el ridículo? Entonces sacó su teléfono. Siempre traía el reloj con una puntualidad exacta, al igual que el indicador del móvil. Las siete con dieciséis minutos. Quizás se le hizo tarde. Dejó el teléfono sobre la mesa, mirándolo fijamente, como si lo retara. Terminó el vaso de agua y notó que las luces del establecimiento comenzaban a encenderse. Las siete veinte. Tomó el teléfono y marcó. Sería un sí o un no, pero sería una respuesta al fin y al cabo. La llamada estaba en proceso y se cortó. No, no había ningún daño en la línea. De haberlo, ni siquiera se hubiese enlazado la llamada. Volvió a hacer otro intento. Marcando…marcando…y colgado. Suspiró, apretando fuertemente una servilleta entre los nudillos de su mano derecha. La tercera es la vencida, rezaba el viejo refrán. Llamada en proceso…y un intempestivo "cortón". Volvió a relegar el artefacto sobre la mesa. Y timbró. No era una llamada, era un mensaje... Un estúpido, indiferente y seco mensaje de texto. "No podré ir. Tengo muchas cosas que hacer. Nos vemos después". ¿Eso es todo lo que se te ocurre decir? Cosas que hacer, demasiado ocupado, asuntos pendientes. Todo. Ni siquiera lo recordó… Se mordió suavemente el labio inferior y exhaló como si hubiese estado conteniendo el aliento. Pidió la cuenta, sonriendo sólo por cortesía. La servilleta entre su mano estaba hecha trizas, al igual que ella. No lo recordó… XXX —Vaya…¿así que el hijo pródigo no llegó a dormir tampoco anoche, eh? –Shis ladeó la cabeza, hacia el copiloto. —Hmp. –asintió Santino. Miraba hacia ningún lugar en particular, desde la ventanilla—Por mí que viva como le venga en gana. Si quiere buscarse problemas con la familia, que lo haga, me importa un bledo. —Es la edad –espetó Shis, llevando una mano al volante y la otra cómodamente apoyada en el vértice de la ventanilla—Recuerda cómo éramos cuando teníamos diecisiete. También nos metíamos en problemas. Si, pero no teníamos que codearnos con la escoria de Kuri Iban sobre la avenida contigua a la principal, rumbo a la casa de Santino después de pasar medio día en la oficina tratando de averiguar las increíbles maniobras de Tobi por emular a David Copperfield y hacer su gran acto de desaparición de los saldos residuales de Lux Ad Worx. Y el muy pérfido parecía ingeniárselas para ocultar las malditas cuentas. No encontraron nada de nada. —Detente –la voz de Santino sonó más imperativa que de costumbre. —¿Qué? Sus ojos displicentes sobre la muchedumbre de las calles, adquirieron un brillo de interés, situados en una solitaria sombra, caminando sobre la acera, casi tan pegada a la pared que parecía que quería desaparecer entre la textura de ésta —Detente ahora. Y Shis frenó el auto en plena avenida y luz verde, llevándose unas cuantas "muestras de afecto" de algunos conductores. —¿Estás loco o qué? –Shis le habló al aire. En cuanto se dirigió a su primo, éste ya se había bajado del auto, dejando la puerta cortésmente abierta y desapareciendo entre el gentío, andando como alma que lleva el diablo.—¡Mierda! XXX Era ella, lo podía notar aun en medio de un océano de gente. Su cabello, suelto y acomodado con un par de pasadores en el fleco, el vestido de un suave tono rojo. Era ella, era... —Alexa La llamó. No alzó la voz, de hecho, apenas y se escuchó a él mismo. La joven andaba deprisa, como si la inercia y la gravedad no ejerciesen poder sobre su delgada silueta. —¡Alexa! El segundo intento fue más prometedor. Logró adelantársele unos cuantos metros y tras la mirada desconcertada de algunos transeúntes, pudo ingeniárselas para hacer el intento de detenerla sin que el acto en sí pareciese una melodramática escena de telenovela. Su mano rozó los delicados dedos de ella. Alexa se había quedado inmóvil, así, simple y sencillamente quieta. —Alexa...—él se oía calmado, seco. Pero no desinteresado—¿Que...? La mirada de la joven estaba fija en el pavimento. Unas cuantas hebras del fleco se deslizaron bajo el pasador y le cubrieron parte del rostro, pero Santino percibió un destello superfluo en sus ojos. ¿Acaso estaba...? —Ah...—Levantó la cara, casi obligadamente. Fingió emular una especie de sonrisa, pero ésta sólo se veía como una plana linea sobre sus labios—Hola...Santino... El brillo se intensificó, acentuando el verde de las pupilas. Estaba llorando...o está tratando de aparentar que no lo hacía. —¿Qué ocurre? —Seguía sonando tranquilo, a pesar de que muy en el fondo tenía un intempestivo impulso por ir y romperle la cara al bastardo de Luke. No se tenía que ser precisamente un genio como para saber la causa de tan particular reacción. La respuesta se había congelado en la garganta de ella. Su puño se cerraba con fuerza, tanto que sentía sus uñas débilmente aferrarse sobre su palma. Abrió la boca, pero no expresó nada. El suelo bajo sus pies parecía tambalear, al igual que todo su mundo. Dio un paso, inseguro y tembloroso. ¿A dónde ir? ¿A dónde correr? Solamente atinó a acercarse menos de diez centímetros. Quería gritar, llorar...desaparecer. No lo hizo Sus manos se aferraron a aquella espalda y hundió el rostro en el hueco confortable de su cuello. Le sujetó con fuerza, en un mudo consuelo del que sabía que nunca le recriminaría. Los puños seguían apretados y ahogó un gemido. No lloró. No había porqué hacerlo; se sentía humillada, burlada, destrozada...y enojada.
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