Daven llevaba cuatro años en el puesto de entrada de la sede de la manada Voss y había visto cosas. Había visto llegar al alpha de la manada rival del norte con doce escoltas y la energía de alguien que viene a negociar pero preferiría estar peleando. Había visto a un emisario humano que llegó al territorio equivocado y tuvo que ser escoltado con mucha diplomacia hasta la salida. Había visto, en una ocasión memorable que prefería no recordar, a Renn llegar a las seis de la mañana con una cabra que alguien había dejado en el límite sur como mensaje y que nadie supo exactamente cómo manejar. Pensaba que ya nada podía sorprenderlo. Selene llegó a las nueve de la mañana con una bolsa de lona al hombro, un libro viejo bajo el brazo y una planta en una maceta que sostenía con las dos manos co

