Estaba sentado, con expresión absorta, sobre uno de los muros derruidos del castillo de Middleham, un domingo de setiembre por la tarde. La espectacular bóveda del cielo tenía el color del estaño y estaba cubierta de nubes que presagiaban lluvia a pesar del sol que intentaba atravesarlas valerosamente. Finalmente, grandes ráfagas de luz brillante y plateada surgieron tras los cúmulos y se expandieron por el cielo. Shane levantó la cabeza, miró hacia arriba y se quedó admirado por el aspecto sobrenatural de aquella luz cegadora. Daba la sensación de emanar de alguna fuente oculta tras las colinas salvajes e implacables, poseía una claridad brillante y un limpio resplandor que parecían mágicos y que lo dejaron sin respiración. Sus oscuros ojos pensativos pasearon la mirada por el cielo
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