Se me entrecortó la respiración en cuanto oí sus palabras. No se fiaba de mí. ¿Por qué pensaría siquiera que me convenía quedarme embarazada con su hijo? No tenía nada y estábamos en problemas, él precisamente no era el indicado para venir con esas. Y se lo hice saber con una risa irónica. A la que él respondió, mirándome de soslayo. —¿Qué te hace tanta gracia? —El hecho de que pienses de que quiero atarte con un hijo. Es una idea estúpida que no tiene sentido. Vi cómo apretaba el agarre alrededor del volante mientras conducía. Tenía los nudillos blancos y apretaba la mandíbula. La misma mandíbula en la que había un chupetón morado que recordé perfectamente hacerle en nuestro último encuentro de desenfreno. —¿Disculpa? —Comentó ofendido. —Vamos, Jesse, no seas fantasioso. Tienes que a

