El Audi se detuvo dos calles antes de mi edificio. —Hasta aquí —dijo Dante. Ni me miró. Seguía mirando el retrovisor, vigilando sombras. Iván tamborileaba los dedos en el volante, todavía con el subidón de la pelea. Tarareaba algo que sonaba sospechosamente a reguetón, lo cual era inquietante después de haberle partido la cara a un tipo. Me quedé quieta un segundo, con la mano en el tirador de la puerta. —¿Ya está? —pregunté. No sé qué esperaba. ¿Un beso? ¿Una amenaza? ¿Un "ha sido bonito ver cómo casi vomitas del miedo"? Dante se giró despacio. En la oscuridad del coche, sus ojos brillaban como los de un gato callejero. —Vete a casa, Lucía. Lávate los dientes. Duerme ocho horas. Intenta olvidar que existen sonidos como el de un hueso rompiéndose. —Se inclinó un poco hacia mí, invadi

