—Si sigues apretando ese cuchillo, vas a partir el mango, Iván. Y son de plata. Mi hermano soltó el cuchillo sobre el mantel. Hizo un ruido sordo. Pum. Estaba vibrando. Literalmente. Podía ver cómo le temblaba el músculo de la mandíbula. Iván tiene la sutileza de una granada de mano sin anilla, y eso, en una cena diplomática, es un problema. —No puedo hacerlo, Dante —gruñó, sirviéndose vino hasta el borde de la copa—. En cuanto entre por esa puerta y me sonría... le voy a arrancar la garganta con los dientes. —No —dije. Me ajusté los gemelos de la camisa. Estaba tranquilo. O al menos, mi pulso lo estaba. Mi mente era otra historia—. Necesitamos las claves de las cuentas en las Caimán. Necesitamos los nombres de sus contactos en la aduana. Si lo matas ahora, perdemos la mitad de la infr

