—No hay tal vez al respecto—. Volvió a apretarle el trasero. —Y tú lo sabes.— Ella se retorció y deslizó su mano hacia abajo, sobre su mechón de vello púbico y encontró su polla semidura. —Está bien, está bien, lo sé—. Ella envolvió su mano alrededor de su longitud. Al instante, su eje se puso rígido y creció en su puño. —Bebé—, susurró. —Creo que necesitas dormir. Estás exhausto—. —¿No quieres?— —No es eso. Yo estoy pensando en ti.— —Eres dulce.— Ella lo acarició desde la raíz hasta la punta y luego deslizó su dedo sobre su raja. —Por pensar en mí—. Él gimió y luego, con voz ronca, dijo: —Nunca antes nadie me había llamado dulce—. —Primera vez para todo.— Con la mano libre, apartó el edredón para poder ver su polla. Con cada movimiento hacia arriba y hacia abajo de su mano, la pun

