Astrid El murmullo del pasillo es un eco lejano comparado con la voz de Helena que me atraviesa como un rayo. —As, no estás prestando atención— parpadea en dirección a mí, sacándome de golpe de la nebulosa en la que estaba perdida. —¿Qué? — balbuceo, aún algo aturdida. —Llevo hablándote hace diez minutos y pareces en otra galaxia— su mirada es inquisitiva, pero también divertida—. ¿Qué sucede? ¿Es Vladimir? El aire se me queda atascado en la garganta. No es que vayamos gritando a los cuatro vientos lo nuestro, pero tampoco lo escondemos del todo. Aun así, Helena no sabe nada. Con todo lo que le pasó, nunca encontré el momento de decírselo. Y ahora me siento atrapada, con las palabras golpeándome los dientes desde dentro. —Baja la voz— susurro, alarmada, mientras mis ojos recorren el

