Astrid Después de dos largas semanas, por fin me habían dado el alta. Y aunque mi cuerpo todavía se sentía débil, el simple hecho de estar de nuevo en casa era un alivio. Lo que no había sido tan sencillo era decidir a qué casa debía volver. Vladimir había insistido en que me quedara con él, bajo su cuidado, con esa intensidad protectora que me desarma. Papá, en cambio, había sido inflexible. “Primero bajo mi techo, Astrid”, había sentenciado, y en ese tono suyo no cabía la réplica. Al final, volví a casa. Una semana ha pasado desde entonces. Una semana en la que Vladimir no ha dejado de visitarme cada día, como si temiera que en cuanto se ausentara demasiado tiempo, me desvanecería entre sus dedos. Y yo… yo lo espero. Pero ahora, en mi habitación, el ambiente es muy distinto. Alegre

