Vladimir Cubrí sus labios con los míos y un gemido escapó de mi garganta, mezcla de alivio, anhelo y algo que no había sentido en mucho tiempo. Ese beso no era solo deseo. Era una rendición silenciosa. Un susurro entre dos cuerpos que se reconocen. La tomé con firmeza por la cintura, sin querer dejar espacio entre nosotros, y la acomodé de nuevo sobre mis piernas. Se movió con suavidad, pero con decisión. Se acomodó contra mí como si siempre hubiera sabido que ese era su lugar. Como si su cuerpo hubiese estado hecho para encajar con el mío. Y yo… yo estaba perdido. O tal vez, por primera vez, me había encontrado. Su calor me envolvió. Su suavidad, su aroma, su cercanía… Todo en ella me desarmaba, con una ternura tan feroz que dolía. Me costó respirar, no por falta de aire, sino por la

