Mi abogado será mi aliado

1478 Palabras
Tenía que pensar con la cabeza fría, aunque la rabia me quemara por dentro. No podía apresurarme ni tomar decisiones a la ligera, no cuando llevaba tres vidas dentro y estaba rodeada de hombres armados que confundían control con autoridad. Lo primero que necesitaba era comunicarme con mi familia, pero el muy degenerado de Echeverría ya había dejado claro que mi teléfono era un privilegio suspendido. —Pronto llegará un abogado —me había dicho con esa calma irritante—. Resolveremos tu conflicto matrimonial. Resolver. Claro. Como si mi vida fuera un expediente más. Rechinaba los dientes de rabia mientras caminaba de un lado a otro de la habitación. Conocía demasiado bien a Marlon Doyle. Su orgullo era tan frágil como su hombría, y si olía ventaja, no dudaría en quedarse con cada maldito centavo del divorcio. —Ni en sueños —murmuré—. No voy a firmar nada que no sea justo. Estaba alterada, al límite, y juré que, si intentaban imponerme un acuerdo abusivo, lo haría pedazos frente a todos, aunque me costara otro encierro acolchado de lujo. La puerta se abrió y alcé la mirada, lista para la siguiente humillación… pero me quedé inmóvil. —No… —susurré, incrédula. El hombre que entraba era nada menos que Abraham Clark. Mi hermanastro. Mi sangre. Mi aliado inesperado. Una sonrisa lenta se dibujó en mi rostro mientras él, muy serio, me hacía una seña casi imperceptible para que me comportara. —Por fin un aliado —dije en voz baja, con sarcasmo agradecido. Abraham se acercó con mucha formalidad y me tendió la mano. —Señora Doyle —saludó, profesional, impecable. Apreté su mano con fuerza, inclinándome apenas hacia él. —¿Qué haces aquí? —le susurré entre dientes. Sin dejar de sonreír para la galería, Abraham respondió en el mismo tono bajo: —Vine a salvarte el culo. Levanté la vista justo a tiempo para notar que Echeverría nos observaba desde el fondo del pasillo, atento, calculador, como si supiera que algo acababa de cambiar. Abraham soltó mi mano y añadió en voz más alta: —Bien, Adeline… ¿empezamos con el divorcio o prefieres primero arruinarle la vida a tu marido? —No voy a aceptar el divorcio por menos de cinco millones de dólares —le dije a Abraham sin rodeos—. Ni un centavo menos. Abraham alzó una ceja, divertido, como si yo acabara de pedir un café cargado y no una cifra obscena. Metió la mano en su portafolio, sacó un documento y lo deslizó hacia mí con calma irritante. —Entonces estás de suerte —respondió—. Conseguí un acuerdo por el doble. —¿Qué? —parpadeé—. ¿Diez millones? —Diez —confirmó, sonriendo. Sentí que el aire regresaba a mis pulmones. Leí los términos con cuidado, línea por línea, buscando la trampa, el asterisco maldito, la letra microscópica. Nada. Todo estaba limpio. Demasiado limpio. —Estoy conforme —admití al fin—. Pero no entiendo cómo demonios lograste esta suma. Abraham soltó una risa baja. —Porque soy un zorro viejo, hermanita —dijo—. Y porque Marlon Doyle le teme más al escándalo que a perder dinero. Por primera vez desde que había puesto un pie en esa mansión, me relajé. Bajé la voz y me acerqué un poco más a él. —Abraham… Echeverría me tiene aquí contra mi voluntad —confesé—. Esto no es una invitación de lujo, es una jaula con alfombra cara. Su expresión se endureció apenas un segundo, pero enseguida volvió a su tono sereno. —Todo va a estar bien —me aseguró—. Por ahora, concéntrate en cuidar ese embarazo. Yo me encargo del resto. —¿Qué vas a hacer? —pregunté. —Hablaré con nuestros padres. Ellos encontrarán la forma de rescatarte… con un acuerdo. Negué con la cabeza de inmediato. —No —le advertí—. No vayas a negociar con mis hijos. Bajo ninguna circunstancia. Abraham me sostuvo la mirada. —Júrame que no lo harás —insistí—. Júramelo por lo más sagrado que tengas. Él respiró hondo, levantó la mano derecha y asintió. —Lo juro. Justo entonces, una voz grave se escuchó desde la puerta. Echeverría no tardó en notar la cercanía. Desde donde estaba sentado, con ese aire de dueño del mundo, alzó la voz sin molestarse en disimular la incomodidad. —No te olvides de que soy yo quien paga tus honorarios —dijo, mirándonos—. Te veo sonreír demasiado con la clienta. ¿Se conocen de algún lado? Sentí un pequeño nudo en el estómago. Abraham no perdió la calma. Sonrió con naturalidad, como si la pregunta le pareciera casi graciosa. —Por supuesto —respondió—. Somos colegas. Es evidente que nos conocemos. Echeverría lo evaluó durante unos segundos eternos. Luego, como si nada, bajó un poco la guardia y asintió apenas. —Mientras recuerdes quién firma los cheques… —murmuró. Abraham me lanzó una última mirada cómplice antes de despedirse. —Nos vemos pronto, Adeline —dijo en voz clara—. Todo está en orden. Cuando la puerta se cerró detrás de él, solté el aire que llevaba conteniendo. Era lo que necesitaba. Que mi familia supiera dónde estaba. Que no estuviera completamente sola en la boca del lobo. No pasó mucho tiempo antes de que una empleada se acercara con una bandeja digna de revista: frutas perfectas, jugos caros, pequeños bocados imposiblemente delicados… y, en el centro, las repugnantes vitaminas prenatales. Esas pastas enormes de calcio y hierro que parecían diseñadas por alguien con odio hacia las mujeres embarazadas. —No me las puedo tragar —dije, mirando las píldoras con asco—. De verdad, no puedo. Echeverría se levantó despacio y se acercó a la bandeja. —Entonces las molerán —ordenó—. Te las tomarás como bebida. Las lágrimas me bajaron sin pedir permiso. —Maldito sea quien inventó estas cosas —murmuré entre sollozos—. Ojalá se las hubiera tenido que tragar él mismo. —No dramatices —replicó él—. Es por tus hijos. Alcé la mirada, furiosa. —No te atrevas a usarlos como excusa —le advertí—. No te da derecho a nada. Echeverría se inclinó un poco, lo justo para que solo yo pudiera oírlo. —Todavía no lo entiendes, Adeline —dijo en voz baja—. Aquí todo lo que respira… me pertenece. Lo miré, con las manos temblando, y respondí sin bajar la voz: —Entonces dime, Gonzalo… ¿qué vas a hacer cuando descubras que hay cosas que ni todo tu poder puede controlar? Gonzalo soltó una carcajada baja, de esas que no tienen humor sino amenaza. —Para mí nada es imposible —dijo con soberbia—. Consigo todo lo que deseo. Personas, imperios… y también haré que tú te rindas a mis pies. Se inclinó apenas, mirándome como si el mundo fuera una propiedad privada. —Soy el señor de todos los que respiran. Maldito arrogante. Me tragué la rabia, literal y figuradamente. Apreté los puños hasta que me dolieron los dedos y tomé las pastas de la bandeja. Eran enormes, obscenas, diseñadas por alguien que jamás tuvo que tragarse una. —¿Ves? —murmuré—. Obediencia ejemplar. Me las llevé a la boca sabiendo que aquello terminaría mal. Lo intenté. De verdad lo intenté. Pero fue imposible. Las pastas no estaban hechas para pasar por una garganta humana. Sentí el reflejo del vómito subir de golpe, los ojos se me aguaron, el estómago se me revolvió. Esto no era cuidado prenatal; era tortura con etiqueta médica. —No hagas un drama —ordenó Gonzalo—. Traga. Asentí, mantuve las píldoras en la boca, fingí concentrarme. Esperé. Conté mis respiraciones. Cuando al fin se dio la vuelta y salió de la habitación, corrí hacia la ventana. Las saqué de la boca, una por una, y las arrojé afuera sin pensarlo dos veces. No era correcto. Lo sabía. Pero por ahora no podía. Simplemente no podía. Suspiré… hasta que escuché una voz abajo. —¿Señora? —dijo alguien—. ¿Eso… eso eran pastillas? Me asomé con el corazón en la garganta. Un jardinero me miraba desde abajo, con una de las píldoras en la mano, como si hubiera descubierto un crimen de Estado. —No es lo que parece —atiné a decir. Demasiado tarde. Sentí el peso del desastre caerme encima. Gonzalo no tardaría en enterarse. Ya podía imaginar su voz, su furia, su acusación perfecta. Y como si lo hubiera invocado, la puerta se abrió de golpe. —¿Quieres explicarme —dijo desde atrás— por qué uno de mis hombres acaba de encontrar las vitaminas de mis herederos en el jardín?
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